La Novela De Uno De Tantos Analysis Essay

Textos y documentos

 

Uno de tantos,novela desconocida de Eligio Ancona

 

Uno de tantos, unknown Novel by Eligio Ancona

 

Manuel Sol Tlachi

 

Instituto de Investigaciones Lingüístico-Literarias, Universidad Veracruzanasolm@prodigy.net.mx

 

Elígio Ancona (Mérida, Yuc. 1836-México D. F., 1893), hijo de Antonio Ancona y Cárdenas, maestro de escuela, y de Fernanda del Castillo y Cárdenas, hizo sus primeros estudios en la escuela de su padre; más tarde, después de cursar sus estudios preparatorios en el Seminario de San Ildefonso, inició la carrera de Jurisprudencia en la Universidad Literaria del Estado, en donde obtuvo el título de abogado en 1862.

Sin embargo, desde sus primeros años mostró una clara inclinación por el cultivo de las bellas letras. Se sabe que en 1849, esto es, a los trece años, tenía ya escrita una novela que llevaba por título Rosendo y Luisa, que actualmente permanece extraviada, y en 1858, una obra de teatro, en verso, titulada Valentina, firmada con el anagrama Ignacio Onela. Su afición por escribir obras de teatro la mantuvo hasta sus últimos años, pues, aparte de La caja de hierro (1862) y de Nuevo método para casar a una joven (1862), en agosto de 1881 se representó, en el teatro Peón Contreras, con gran éxito Las alas de Ícaro por la compañía del director español Carlos Burón.

Pero indudablemente su mejor aportación a las letras mexicanas la constituyen sus novelas, entre las que se encuentran obras maestras como Los mártires del Anáhuac (México: Imprenta de José Batiza, 1870), El Conde de Peñalva (Mérida: Imprenta de Manuel Heredia Argüelles, 1879) y las Memorias de un alférez (2 vols., Mérida: Imprenta de "El Peninsular", 1904), publicada esta última de manera póstuma por José María Pino Suárez, y quizá su mejor novela.1

Entre 1861 y 1863, participó en la redacción de La Guirnalda, La Burla, El Álbum Yucateco y El Repertorio Pintoresco, publicando artículos, poemas y algunas narraciones, casi todos ellos de carácter satírico o humorístico.

Voy a referirme solamente a La Burla, cuya publicación apenas duró cinco meses (del 21 de octubre de 1860 al 21 de marzo de 1861), porque en ella apareció en varias entregas, la pequeña novela Uno de tantos, firmada por Lagartija, que era uno de los pseudónimos que usaba entonces, y cuya existencia ha permanecido ignorada por los críticos, incluso por José Esquivel Pren, el historiador de la literatura yucateca.

En el "Prospecto" de La Burla, dado a conocer en Mérida, el 14 de octubre de 1860, se decía:

Estamos empalagados de periódicos seriotes cuya lectura da empacho; lo que queremos ahora es reírnos ¿de quién? del mundo entero, de nosotros mismos, pelagatos que nos lanzamos sin más ni más a explotar los bolsillos. Recordamos que nuestros hermanos del D. Bullebulle, traviesos criticones, picantes unas veces, soporíferos otras, y dando coces a rozo y vellozo, consiguieron alcanzar si no monedas con que llenar sus gavetas, al menos muy buenos arañazos que dejaban sin pellejo a sus bullangueros redactores.

Sus colaboradores eran: El Duende (Manuel Sánchez Mármol); El Diablo Rojo (José Peón Contreras); El Chapulín-Chirimías (Manuel Roque Castellanos); el Buitre sin plumas (Apolinar García), y algunos otros, entre quienes figuraba Eligio Ancona.

En esta revista, Eligio Ancona, siempre con el pseudónimo de Lagartija, publicó: "La jeringa. Un requiebro a los literatos del día" (1718), "Vamos en progreso" (45-47), "El niño que no llora, no mama" (68-71), "Décima" (71), "La hamaca. Canto épico" (78-79), "Lagartija al mus" (83), "Uno de tantos" (94-98, 110-111, 113-115, 121-124) y "Confesión de 'La Burla' ", con la colaboración de Tripón (124-125).

Uno de tantos es una pequeña novela humorística, de crítica social, moral y costumbrista, muy del estilo de las colaboraciones de La Burla, quizá en atención a que eran estas las cualidades que exigía el gran público en una revista de diversión y de entretenimiento.

La novela, en cinco capítulos y un epílogo, narra la historia de Bonifacio Azpeitigurrea, uno de tantos españolitos, quien no logra casarse con Estefana debido fundamentalmente a un pronunciamiento contra el gobierno, que entre otros objetivos se proponía prender a algunos indieros, entre los que se encontraba Bonifacio y Clemente Camándula, su amigo, que vendían a los mayas como esclavos y los enviaban a la isla de Cuba.

La novela, de principio a fin, es una sátira, en general, contra tipos y costumbres, y, en particular, contra la admiración que provocan en todos los yucatecos los cachupines recién llegados a la península; contra los españoles pobretones que llegan a Yucatán por casualidad, pero que en el fondo solo pretenden casarse con una joven rica para salir de su miseria; contra los padres que cansados de esperar un buen partido mandan a traer los novios expresamente manufacturados para sus hijas; contra las jóvenes yucatecas que cuando se saben ricas se dicen "éste es un bocado digno de un extranjero"; contra los comerciantes de indios, que saben que en lugar de fletar un barco para África, y traerlo cargado de negros, es más fácil y barato "extender la mano en derredor nuestro para llenar de indios todos los barcos que surcan los mares"; contra los delincuentes que una vez aprehendidos se vanaglorian diciendo que están en la cárcel por ser enemigos del gobierno; contra las mujeres que se las dan de instruidas y literatas y que se pasan algunas horas del día con un libro en la mano para después tomar la pluma y "soltar de cuando en cuando alguna letrilla, soneto, o cosa semejante"; contra el estilo de algunos escritores románticos; contra el duelo; contra las sediciones, motines y pronunciamientos; en fin, contra la política en Yucatán, en donde nada es duradero, pues esta viene a reducirse a una "especie de juego de damas": "El gobierno anterior ha sido comido por el actual y éste a su vez será comido muy pronto por otros." Ya lo decía también Manuel Sánchez Mármol, compañero de Ancona en todas las citadas revistas: "Durante el periodo de la guerra de Reforma —y es precisamente la época en la que transcurre la acción de Uno de tantos— los gobernantes de la península se sucedían con intermitencia enfermiza; cambiaban como figuras de linterna mágica" (XIII).

La materia narrativa de Uno de tantos está hábilmente distribuida en cada uno de sus capítulos, según apunta cada uno de sus títulos. Los personajes están descritos a grandes rasgos, incluso se les pretende caracterizar con su mismo nombre como es el caso de Clemente Camándula: Clemente con sus paisanos españoles, pero Camándula con todos los yucatecos, particularmente con los adolescentes indígenas a quienes sorprenden en sus pueblos para venderlos como esclavos. Pero su nota más acusada es esa sátira contra los españolitos y yucatecos, siempre y cuando haya en ellos costumbres, vicios y conductas que censurar. Afortunadamente, esa crítica social y costumbrista, hecha de una manera tan obvia y directa, solo disculpable en una revista de las características de La Burla, no vuelve a aparecer en sus grandes novelas históricas, ni siquiera en La mestiza, en donde los personajes podrían haber dado pie a una técnica semejante: el joven hacendado español que se burla de una mestiza ingenua. Ya aquí, el novelista se limita a presentar a los personajes y si interviene en la narración para juzgar los hechos, lo hace de una manera sutil y delicada, quizá explicable porque se encontraba ante un género de mayores dimensiones, pero sobre todo porque a estas alturas de su carrera artística ya se había dado cuenta de que esa literatura satírica, sarcástica y humorística no era la más adecuada para su temperamento artístico.

 

Bibliohemerografía

La Burla, Mérida, Mariano Guzmán/Francisco de P. Carreños, 1860-1861.         [ Links ]

Espadas Ancona, Ukib. "Eligio Ancona, liberal íntegro (1836-1893)" en Boletín de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán, Mérida, año XIV, núm. 84 (mayo-junio de 1987): 26-37.         [ Links ]

Esquivel Pren, José. "Eligio Ancona Castillo" en Historia de la literatura en Yucatán, t. VIII. México: Ediciones de la Universidad de Yucatán, 1975: 119-173.         [ Links ]

Peniche Vallado, Leopoldo. " 'Valentina', un drama desconocido de D. Eligio Ancona" en José Antonio Cisneros. Poeta, dramaturgo, servidor público. Mérida: Universidad Autónoma de Yucatán, 1996: 79-85.         [ Links ]

Sánchez Mármol, Manuel. "A guisa de proemio" en Evolución histórica de las relaciones políticas entre México y Yucatán, de Albino Acereto. México: Müller Hnos., 1907.         [ Links ]

Sosa, Francisco. "Los contemporáneos. Don Eligio Ancona" en El Nacional (1880-1884), t. VII: 79-80.         [ Links ]

Sosa, Francisco. "Eligio Ancona" en Los contemporáneos, t. I. México: Imprenta de Gonzalo A. Esteva, 1884: 63-67.         [ Links ]

 

Nota

1 Sus otras tres novelas son: La mestiza (Mérida: Imprenta de la Sociedad Tipográfica, 1861), La Cruz y la Espada (Mérida: Leonardo Cervera, 1864) y El filibustero (Mérida: Leonardo Cervera, 1864). El filibustero, Los mártires del Anáhuac y las Memorias de un alférez pueden encontrarse en La novela del México colonial, editadas por Antonio Castro Leal (tomo I, México: Aguilar, 1968).

 

UNO DE TANTOS

Novela por Lagartija

 

Capítulo primero

De cómo la fortuna que tan insolentemente protege a los cachupines, hizo topar a Bonifacio con un antiguo compinche suyo, que conocía muy a fondo nuestras manías y debilidades.

 

Acababa de extinguirse el último toque de queda cuando una diligencia que llegaba de Sisal, se detuvo delante de una casa de la calle de Santiago. Al instante se lanzó de ella un hombre, habló unas cuantas palabras con un criado que encontró en la puerta, y éste después de haberle mirado de pies a cabeza con desdeñosa curiosidad, le hizo entrar en el zaguán, le señaló con el dedo un modesto banco que había allí y desapareció por un corredor inmediato.

Si el criado había andado tan poco cortés con nuestro hombre, era sin duda porque a estilo de todos los criados, y de otros muchos que no lo son, estaba montado bajo la máxima de que el hábito hace al monje; porque efectivamente el traje del sujeto en cuestión no era recomendable ni por su riqueza, ni por su elegancia, ni siquiera por su aseo. Añádase a esto que tampoco tenía seis pies de altura, ni estaba gordo, ni tenía patillas, cualidades que siempre se hacen notar del vulgo, y se disculpará la poca atención del consabido fámulo.

En dos palabras, nuestro hombre a quien bautizaremos de una vez con el nombre de Bonifacio, era un animalito de pequeña estatura, ojillos pardos, cabello negro, tez un tanto quemada por el sol y sobre todo una nariz de aquellas que justifican este célebre verso de Quevedo:

Érase un hombre a una nariz pegado.

Vestía unos calzones anchos de manta azul, una camisa que hubiera avergonzado a un carretero, o a un soldado en campaña, y encima de ella una chaquetita de paño burdo, raída y descolorida por el tiempo. Calzaba unos menguados zapatos de cuero que tenían la desvergüenza de sacar a exhibición pública los dedos de sus pies, y dando ahora un salto mortal desde la planta al cabello, como dicen los poetas, añadiré que Bonifacio se cubría la mitad de la cabeza con un sombrerillo de fieltro, sucio, grasiento y roto por añadidura.

No duró mucho la expectativa de Bonifacio, porque el criado apareció al cabo de pocos instantes, deshaciéndose en excusas y cortesías y diciéndole:

—Mi amo al oír el nombre de usted ha saltado de alegría y me ha dicho que yo le suplique que pase a esta sala, donde se dignará esperarle un corto rato.

Y el criado abrió de par en par una puerta, que se veía frente al banco en que estaba sentado Bonifacio. Levantose éste de muy buen talante y apenas pasó a la susodicha puerta, encontrose en una sala ricamente amueblada, al menos como es posible amueblar ricamente entre nosotros. Sillas y butacas de madera, sofás elásticos, mesas de mármol, quinqués, etc.

Todo esto que Bonifacio examinaba a la escasa luz de una vela de esperma que traía su conductor, no pudo menos que llenarle de admiración por las razones que apuntaremos después.

El criado después de haber iluminado convenientemente la sala, hizo su milésima cortesía y se retiró.

Bonifacio se reclinó en un sofá y esperó.

Al cabo de cinco minutos resonaron en el pavimento los pasos de un hombre que no tardó en presentarse en la sala.

El nuevo personaje contaba a lo más seis lustros de edad y ofrecía en sus facciones muchos puntos de semejanza con Bonifacio. No sucedía lo mismo con su vestido, que indicaba a un hombre con quien no había andado ingrata la fortuna.

Bonifacio saltó del sofá, exclamando:

—¡Mi querido Clemente!

Y echó los brazos al cuello del que había llamado con este nombre. —Agradable es la sorpresa que me has causado —dijo Clemente, desasiéndose de los brazos de su camarada.

Y se apartó de él dos pasos y se puso a contemplarle detenidamente con la misma curiosidad con que algunos minutos antes le había contemplado el criado. Este examen no pudo menos que hacer asomar una sonrisa en los labios del examinador. Bonifacio interpretó a su modo esta sonrisa y dijo:

—Bien veo que te burlas de mi catadura y de los pobres harapos que cubren mis enjutas carnes. ¿Qué quieres, amigo mío? No todos pueden comer y vestir como tú. ¿Qué genio benéfico te ha protegido tan generosamente y en tan corto tiempo, pues apenas hace dos años que te encontrabas tan andrajoso y tan acceinado [sic] como yo?

—Ésa es toda una historia.

—Que me contarás por supuesto.

—Con tanto más placer cuanto que es una historia que no se parece a las demás. Por más que leas y releas la historia de Napoleón, por ejemplo, no podrás nunca imitar las hazañas de ese buen señor que costó tantos millares de hombres a la Europa; al paso que con la simple narración de mis aventuras, verás que tú también las puedes correr iguales, y encontrar ese genio benéfico que me ha protegido.

—¡Vamos! —Exclamó Bonifacio, restregándose las manos de puro gusto—; tú me confirmas en la opinión que me formé de la península desde que puse los pies en Sisal, y aun antes; porque has de saber que desde La Habana adiviné que éste era el país de los encantamientos.

—¿Y esto te decidió a venir, eh?

—¡Toma! Seré yo algún bobo.

—¡Ea chico! cuéntame todo eso; pero... sentémonos.

Bonifacio se recostó otra vez en el sofá, Clemente arrimó una silla y el diálogo volvió a anudarse al instante.

—Escucha —dijo el primero—. Paseábamos no ha muchos días por el muelle de La Habana, porque no encontraba otra cosa mejor en que ocuparme y me sentía con secretas tentaciones de arrojarme al mar para que me despachasen los tiburones, porque hacía dos días que no probaba un pedazo de pan, cuando la tripulación de un buque que acababa de atracar, empezó a echar al muelle fardos de suelas, de henequén y de costales. Un hombrecillo que estaba junto a mí gritó a uno de los marineros que se veían sobre cubierta: —¿De la casa de Camándula y compañía? Yo no sé lo que contestaría el marinero, porque esto de Camándula y compañía me abismó en un mundo de reflexiones. Estos efectos sólo pueden venir de Yucatán —me dije a mí mismo—; mi amigo Clemente Camándula pasó a ese país hace dos años y como Camándula es un apellido nada común puede ser que Clemente sea el principal de esa casa de comercio. Me acerqué al hombrecillo, y después de cinco minutos de conversación con él supe que te habías adquirido aquí una bonita fortuna y que te hallabas al frente de la casa conocida con el nombre de Camándula y compañía.

Por fortuna, el consignatario del buque es un paisano nuestro que nos conoce a los dos: fui a verle, le prometí que tú pagarías mi pasaje y a los tres días nos hicimos a la vela para Sisal.

Desembarqué en este puerto con ánimo de hacer a pata el camino que lo separa de Mérida, porque me hallaba sin blanca para pagar carruaje, y porque no abonándome mi traza, ni conociendo a nadie, no tenía títulos para exigir que se fiasen de mí.

Pero apenas había dado algunos pasos dentro del puerto, cuando advertí que todos me saludaban: muchos me detenían en la calle para darme la mano, otros me ofrecían sus casas y uno, por último, me llevó a una fonda en donde comí como un desesperado, cuyo estómago ha tenido ocho días de vacaciones. Y no paró en esto, sino que me ofreció un asiento en la diligencia y acaba de dejarme a las puertas de tu misma casa.

—¿Y no le preguntaste su nombre a tu generoso protector?

—No, porque él tampoco tuvo la ocurrencia de preguntarme el mío, como tampoco ninguno de los que me hablaron y me estrecharon la mano en Sisal. Todos se alejaban de mí, deshaciéndose en cortesías, mirándome con admiración y murmurando entre dientes: Es un españolito.

Camándula prorrumpió en una carcajada.

—Todo eso que tan justamente te ha admirado ahora —le dijo a su amigo—, te parecerá la cosa más natural de aquí a pocos días.

—¿Con que éste es pueblo eminentemente hospitalario?

—Y protector de los extranjeros hasta tal punto, que ha hecho decir a algunos sansculottes que un yucateco dejaría morir de inanición a diez paisanos suyos para poner en un altar a un extranjero. Y no dejan de tener razón... ¡pero qué diablos! ellos tienen la culpa. ¡Si fueran industriosos como nosotros... ! Considera, amigo mío, que hay aquí tres géneros de industria que puede explotar cualquier extranjero...

—¡Bueno! Tú me explicarás todo eso; pero después de contarme tu historia.

—¡Ba! Si todo es uno. Con la explicación de los tales géneros de industria no sólo te contaré mi historia que se ha reducido a explotarlos, sino también la de todos los extranjeros que vienen al país, que se reduce a lo mismo.

—Pues desembucha —dijo Bonifacio, sentándose en el sofá para oír mejor.

—Primer género de industria —dijo Clemente—. El embeleso que causa en el país todo bicho que llega de tierras extrañas. Ya verás cómo se repite en Mérida cuanto te ha pasado en Sisal, y de un modo que te hará notar las ventajas que debe tener naturalmente toda capital sobre una simple villa. Aquí, amigo Bonifacio, extranjero es sinónimo de noble, sabio, valiente, honrado, rico, etc.

—No puede menos que ser así —interrumpió Bonifacio—. En un pueblo bárbaro e inculto como éste, debe hacer raya cualquier extranjero por papanatas que sea, por aquello de: "en la tierra de los ciegos el tuerto es el rey."

—Calcula tú ahora todas las consecuencias de lo que llevo dicho. Un digno yucateco que no se atreve a dar prestada una pequeña cantidad a un paisano suyo al moderado veinte y cuatro por ciento, que es como se da dinero por acá; le colgará todo su patriotismo al primer extranjero que se le presente sin usura alguna y sin exigirle garantías. ¡Ya se ve! El extranjero tiene quizá inmensos bienes en su patria, o aunque sea pobre, quizá necesita el dinero para alguna obra de pública utilidad, como para poner un camino de hierro, para abrir un pozo artesiano, etc., etc. Algunos que llegan aquí sin conocer el país, se toman el trabajo de andar contando que vienen a plantar algunos de esos frutos de la civilización del siglo, que aquí se conocen sólo de nombre. Pero esto no es necesario; porque mientras más callado sea el extranjero, mayor derecho da a los naturales para presumir grandes cosas.

Y no es esto todo. El extranjero come, pasea y se divierte gratis todo el tiempo que quiera. Todo el mundo desea tenerle una vez siquiera a su mesa, todos se disputan el honor de ser los primeros que le saquen a pasear en calesa o en coche y hasta el más pobre y miserable se atreve a arrendar un palco en el teatro para llevarle a la comedia, y tener el gusto de manifestarse al público en tan magnífica compañía.

Bonifacio escuchaba con la baba caída. Clemente no tardó en continuar.

—Pasemos ahora al segundo género de industria, no porque haya acabado con el primero en que podía seguir hablando una semana entera, sino porque considero que estarás soñoliento y molido, como todo el que acaba de apearse de una diligencia.

—¡Oh! —exclamó el digno españolito—. No tengas por nada ni mi sueño ni el molimiento del camino, pues con tal de seguir oyendo las preciosidades que me cuentas, me condenaría a vivir en eterna vigilia.

—¡Eh! tiempo tendremos para disertar largamente sobre el asunto en los días que permanezcas a mi lado hasta que te cases.

—¡Hasta que me case! —repitió asustado Bonifacio.

—Claro es, pues precisamente en el casarse con una rica heredera consiste el segundo género de industria que puede explotar fácilmente el extranjero en Yucatán.

—¿Pero cómo encontrar aquí una heredera rica, cuando es fama que Yucatán es uno de los países más pobres y trabajados del mundo?

—No es el león tan fiero como lo pintan —respondió sentenciosamente Clemente—. Es verdad que por acá no hay millonarios, pero no faltan mujeres de diez, veinte, treinta mil pesos y quizá algo más, que para unos pobres diablos como nosotros que no traemos más recomendación que nuestra extranjería, me parece que es alguna cosa. Otras muchas mujeres hay de fortuna menos pingüe, indignas por tanto de llamar la atención de los extranjeros, por lo cual se las cedemos generosamente a los naturales.

—Pero oye, chico: aunque todo lo que me has contado sería increíble para mí si lo refiriera otro que tú, aquí no puedo menos que dudar un instante. Una muchacha de veinte o treinta mil pesos debe ser aquí una joya demasiado poco común para que no la atrapen los naturales desde el instante en que conozcan que ya puede soportar marido.

—Amigo mío —dijo sonriéndose Clemente—, eso consiste en que tú haces la cuenta sin la huéspeda, o lo que es lo mismo, sin esa pasión por lo exótico que caracteriza a la yucateca gente. De aquí dimana que todo hombre rico, que tiene una hija, pone de patitas en la calle a cualquier mozalbete que se atreve a elevar el pensamiento hasta la muchacha; porque considera, y con razón, que habiéndose afanado tanto por reunir una fortuna colosal, bien merece, en premio de su trabajo, emparentar con una familia de fuera; y espera resignado que el mar le arroje aquí algún extranjero para brindarle su hija y alcanzar sus deseos. Novios han llegado aquí expresamente manufacturados para tal o cual muchacha, porque sus padres cansados de esperar un surtido de semejante género han tenido que mandar ellos mismos en busca de uno. Las niñas por su parte, cuando se ven ricas, comprenden de tal manera su importancia que se dicen a sí mismas: "éste es un bocado digno de un extranjero;" y dan sendas calabazas a cualquier paisano suyo que osa declararles su amor.

—Embobado me dejas —dijo Bonifacio—, y ya estoy con un palmo de lengua por topar con una de esas ricas herederas para llevarla de una vez al altar.

—No te impacientes, que yo mismo te la buscaré mañana. Entre tanto, pasemos al tercer género de industria.

—Que me place —dijo Bonifacio.

Clemente miró cuidadosamente en derredor de sí, como si temiese que alguien le escuchase, arrimó su silla cuanto pudo al sofá y tocando en el hombro a su interlocutor, le dijo:

—El que voy a explicarte ahora es otra mina inagotable para los extranjeros, aunque esto no quiere decir que no lo exploten también los naturales.

—¿Pero cuál es ese género?

—El comercio de indios.1

Bonifacio se quedó mirando un instante en silencio a su digno compatriota, porque seguramente no comprendió de pronto sus últimas palabras. Pero como hay hombres que por estólidos que sean, llegan al fin a comprender como por instinto todo lo que les importa, Bonifacio no tardó en exclamar:

—¡Ah! sí, ya comprendo. Recuerdo haber visto en La Habana unos cuantos indios que me dijeron que eran yucatecos, y que habían ido a ese país de la esclavitud a lo que van los negros que tomamos en las costas de África.

—Ya ves cuán lucrativo y fácil es semejante comercio, porque si eso de fletar un barco para África, y traerlo cargado de negros cuesta mucho dinero y no pocos peligros, aquí no tenemos más trabajo que extender la mano en derredor nuestro para llenar de indios todos los barcos que surcan los mares.

—Lo comprendo perfectamente. Pero aunque me llames un asno, voy a hacerte una pregunta para acabar de aclarar mis dudas sobre este punto. Puesto que esos indios son prisioneros de guerra, como se dice, y no deben ser los extranjeros los que los atrapan en el campo de batalla, pues éstos no creo que se mezclarán en guerras; ¿cómo es que sean ellos los que se dediquen principalmente a este género de industria? —¡Ba! El comercio de los prisioneros de guerra está reservado a... al...

Y Clemente se inclinó al oído de Bonifacio y concluyó en secreto su frase.

Bonifacio hizo un movimiento de admiración; su compañero le recomendó el silencio, llevándose el dedo a los labios, y continuó:

—Nosotros los extranjeros nos contentamos con dedicarnos a un comercio menos peligroso: al de los muchachos.

—¡Ah! ya... como los muchachos no se defienden como los que están en la guerra...

—¡Cabal! Con algunos agentes que tenemos en la ciudad y otros que desparramamos por los pueblos del interior, reunimos un surtido suficiente de parvulitos indígenas para mandar por cada embarcación que se dirige a La Habana. Nosotros sabemos escoger estos agentes, porque estamos persuadidos que para todo en este mundo se necesita un talento especial. Los ladrones de muchachos deben ser fuertes, atrevidos y astutos, para valerse ya de la fuerza, o ya del engaño, según el caso lo exija. Me parece que el país debe estarnos muy agradecido, pues sabemos utilizar algunas de sus inteligencias, y darles trabajo a ciertos hombres que no lo tenían.

—¡Oh! —exclamó Bonifacio—, nadie puede negar la filantropía que los extranjeros han sabido desplegar en Yucatán.

—Pero mira lo ingrato que son estos pícaros yucatecos —dijo Clemente con un acento lleno de indignación—. Así que les enseñamos el modo de pescar a los muchachos y comprendieron lo fácil y hacedero que era este género de industria, se rebelaron contra nosotros y empezaron a hacer por su cuenta el comercio de indizuelos. ¡Infames! No quisieron comprender que siendo nosotros los descubridores de este nuevo venero de riqueza que posee el Estado, debíamos gozar con tales los años de exclusiva que nos otorga la ley.

—Es muy justa tu indignación —repuso Bonifacio—, y el gobierno y demás autoridades del país debían tomar una medida enérgica contra esos malos yucatecos que se atreven a vender a sus paisanos. Esto por supuesto no reza con nosotros, que como extranjeros, no debemos estar sometidos a las leyes del país, y si alguna autoridad quisiera cometer alguna violencia contra nuestras personas, tendría que habérselas con nuestro cónsul.

—Perfectamente, amigo mío. Tal es la conducta que hemos observado hasta aquí y que esperamos observar en adelante. Por lo que respecta a los yucatecos que se ejercitan en el comercio de indios, ya han hecho algo contra ellos las autoridades judiciales; pero tan poco, que no han escarmentado; mucho más que les queda el recurso de decir que han sido perseguidos como enemigos del gobierno. Porque aquí sucede una cosa que conviene tener siempre presente: cualquier pícaro que es achocado en la cárcel, como asesino, ladrón, vendedor de indios, etc., en lugar de avergonzarse de su encierro, se vanagloria de él y se hace interesante a los ojos de todos, porque se empieza a propalar que se le ha encalabozado por enemigo del gobierno.

—Ya veo que por acá de todo se saca partido. Únicamente me temo un cambio de administración, que según me han informado, es cosa que se hace en Yucatán cada jueves y domingo.

—¿Y por qué temes tal cambio?

—Porque el nuevo jefe del Estado puede darla por filantrópico, y abolir el comercio de indios, con que ganamos tanto dinero.

—Todo puede ser —dijo Clemente—; pero mientras llega ese cambio que con razón temes tanto, aprovechémonos del estado actual de la cosa pública.

—Así lo haré —dijo Bonifacio—. Te aseguro que cada una de tus palabras ha quedado profundamente grabada en mi memoria, y ya verás como sé aprovechar tus lecciones.

—Está bien. Mañana saldremos a campaña. Te llevaré a la Lonja, te presentaré a algunas personas y te enseñaré a las muchachas más ricas de Mérida. Por lo que es ahora, vamos a cenar y luego a dormir.

 

Capítulo segundo

Donde se verá cómo Bonifacio empezó a aprovechar las lecciones de su mentor.

 

Al día siguiente, después de desayunarse con un exquisito chocolate el héroe de nuestra novela, trocó sus mugrientos harapos por un vestido completo que Clemente había mandado a su aposento. Apenas había acabado su metamorfosis cuando se presentó su amigo, quien después de mirarle de pies a cabeza, hizo un gesto de satisfacción y le dijo:

—Eres un chico de tan recomendable figura, que vas a hacer rabiar a todos los amantes y maridos de esta ciudad.

Bonifacio no se mostró insensible a este requiebro: irguió la cabeza con noble orgullo y se acercó al espejo. Mirose en él largo tiempo, se atuzó el escaso bigote, y volviéndose luego a Clemente, le respondió:

—Es preciso confesar, amigo mío, que haces justicia a mi mérito. Tal es mi humilde opinión.

—¡Vamos! —repuso Clemente—: tú estás destinado a hacer fortuna. He pasado revista con mi imaginación a todas las muchachas ricas de esta bella capital, y me he fijado en una.

—Veamos sus cualidades.

—En primer lugar, es fea.

—¡Fea!

—¡Eh!, ¡qué demonios! Ya sabes que los ricos son por lo común feos.

—¡Cómo! —exclamó con acento compungido Bonifacio—: ¡luego yo, como soy tan bueno mozo, no debo tener esperanzas de enriquecer!

—No —respondió Clemente—; porque esa máxima se entiende más bien respecto de las mujeres que de los hombres. Lo que he oído decir de los hombres ricos, es que suelen ser tontos.

—¿Y a mí cómo me crees: tonto o vivo?

—¡Toma! Tú siempre has sido un muchacho de talento...

—Con que es decir que.

—Que será una excepción de la regla general: es decir, de talento y rico a la vez.

—Como tú, ¿eh?

—Exactamente. Oye: se me figura que esa máxima de que el rico es regularmente tonto, debe haber sido inventada por algún pobretón.

—Así lo creo; pero... volvamos a las cualidades de mi futura. ¿Dices que es rica?

—La amenazan unos veinte o treinta mil pesos, que debe heredar muy pronto, porque su padre es un viejo achacoso de setenta y tantos años.

Bonifacio no creyó necesario oír más. Púsose el sombrero, tomó del brazo a Clemente y ambos salieron del aposento. Encontraron una calesa en la puerta del zaguán, se metieron en ella, y dada al cochero la orden de partir, volvieron a anudar su conversación.

—Debo advertirte —dijo Clemente—, que vas a habértelas con un demonio de primo, que le hace la corte a tu futura.

—¿No más que uno?

—Sí; porque el primo ha sabido retirar constantemente a todos los que han pretendido rivalizar con él.

—¡Magnífico! De suerte que yo no tendré más que retirar al primo porque él se ha encargado de los demás. Te digo, querido Clemente, que vales un Potosí para esto de casar a tus amigos.

—Gracias por el requiebro; y para que veas que no soy indigno de él, voy a seguir instruyéndote de las cualidades de tu futura.

—Ante todo, quiero saber cómo se llama.

—Estefana.

—El nombre es un poco prosaico; pero ¡va! el mío tampoco es muy recomendable que digamos. ¿Conque decías de Estefana?

—Que es una niña que la da por instruida y literata.

—¡Jesucristo! —exclamó Bonifacio—. ¿Será alguna poetisa como la Carolina Coronado, o alguna novelista como Jorge Sand?

—No, a Dios gracias —respondió sonriéndose Clemente—. Lo que hay es que se pasa algunas horas del día con el libro en la mano y quizá con la pluma, para soltar de cuando en cuando alguna letrilla, soneto, o cosa semejante. Habla de historia, de geografía, de política, de viajes...

—¡Soberbio! Yo la ofuscaré con la relación de mis viajes, con la historia de los países que he recorrido...

—¿Eh? si tú no has viajado más que de Asturias a La Habana y de La Habana a Yucatán. Pero no temas; Estefana debe ser como todos los que hablan mucho. Ya sabes que los que más hablan de una cosa son los que menos la saben. Los hombres verdaderamente sabios o instruidos nunca se complacen en charlar, sino en meditar a sus solas lo que saben. Habla, pues, hasta por los codos de cuanto se te antoje, con tanta más razón cuanto que el viejo don Andrés, padre de tu futura, también se pica de erudito, y cree a pie juntillas en el talento e instrucción de su hija.

—Así lo haré; pero. ¿por qué ha parado el carruaje?

—Porque hemos llegado ya a casa de don Andrés.

Bonifacio y Clemente bajaron de la calesa y entraron en la casa.

Pasemos ahora por alto esas embarazosas ceremonias de la presentación, y digamos sencillamente que cinco minutos después, Bonifacio sentado entre don Andrés y su hija, y teniendo de frente a Camándula y al primo de Estefana, que estaba de visita; había empezado ya a llamar la atención de su auditorio con la amenidad de su conversación.

—Desde mi más tierna edad —decía—, di a conocer mi afición por los viajes; y como por otra parte la fortuna de mi padre era muy suficiente para saciar tan inocente placer, a los dieciocho años salí por primera vez de la península ibérica, y me dirigí a la Francia. Recorrí las principales ciudades de este gran imperio que camina al frente de la civilización europea, trabé relaciones con muchas notabilidades científicas, literarias y militares, y Luis Napoleón, el mariscal Canrobert, Arago, Dumas y otros me tuvieron muchas veces a su mesa y me hicieron disfrutar de su conversación.

No es nuestro ánimo copiar todo lo que habló Bonifacio en la media hora que duró su visita. Baste decir que supo exceder a los deseos de Clemente, disertando largamente sobre Inglaterra, Rusia y Alemania, que había recorrido en el espacio de dos años. Habló de la guerra de Italia, de un almuerzo a que le había invitado el rey Víctor Manuel y de un consejo que le había pedido Garibaldi. Fastidiado al fin de la Europa, según él, había venido, como Chateaubriand, a recrearse en las selvas vírgenes de la América; y después de haber visitado algunas ciudades de los Estados Unidos y la isla de Cuba, había venido a Yucatán por una casualidad.

Don Andrés le escuchaba con la baba caída, Estefana no despegaba de él los ojos, y el bueno del primo, expresaba también con su silencio su admiración, su desprecio, o sus temores.

Bonifacio conoció el efecto que había producido, hizo una seña a Clemente para que se levantase, y ambos se despidieron entre la admiración general, que había causado el primero. Don Andrés se levantó para acompañarlos hasta la puerta de la calle, y Estefana y su primo se quedaron solos en la sala.

—Admirada me ha dejado el tal don Bonifacio —dijo Estefana—. ¿Y a ti, Antonio?

El primo se sonrió irónicamente y respondió:

—Ya sabes que yo desconfío por instinto de todos esos pájaros que vienen al país por casualidad.

—Sí, ya sé que tú detestas a todos los extranjeros, como los redactores de ese periodiquillo que ha empezado a publicarse, y que se llama La Burla.

—Nada de eso —repuso Antonio—. Yo estimo bastante a muchos extranjeros establecidos aquí, y que con su industria y sus caudales son tan útiles al país. Lo que yo hago es reírme de ciertos badulaques, que quieren hacernos comulgar con ruedas de molino, diciéndonos que llegan aquí por casualidad, cuando toda la gente sensata sabe que vienen con la intención de atrapar alguna presa para saciar su hambre. Juraría que ese pájaro que nos ha traído aquí Camándula ha venido al país a buscar mujer.

Los ojos de Estefana despidieron un brillo repentino. Antonio adivinó lo que esto significaba, y creyendo que era muy conveniente combatir la enfermedad de su prima desde sus primero síntomas, continuó:

—Desgraciadamente para ese pobre de don Bonifacio, creo que no atrapará a ninguna mujer, por más esfuerzos que haga; porque si en todas partes produce el efecto que ha producido aquí...

—¿Pues qué efecto ha producido aquí?

—¡Vaya! en honor de la verdad, yo me he reído interiormente de él.

—Pues estoy segura que papá ha admirado sus vastos conocimientos, y lo mismo me ha sucedido a mí.

—¡A ti! ¡Ba! No es todo oro lo que reluce. Ya verás cómo entre pocos días me dices que yo procure hacerle entender que no te agradan sus visitas, como me has dicho y lo he ejecutado respecto de otros muchos.

—Pues lo que es respecto de éste, te pronostico desde ahora que no te lo diré jamás.

Interrumpió la conversación de los jóvenes la llegada del viejo don Andrés, que entró deshaciéndose en alabanzas de Bonifacio.

Antonio se despidió inmediatamente y salió renegando de su prima, de su tío, de Bonifacio, de Camándula y de todos los extranjeros venidos y por venir a Yucatán.

—Lindo sería —iba murmurando por la calle—, que ese pajarraco de extranjis hubiese venido a desbaratar mi matrimonio que debía verificarse para la pascua... ¡Si es para volverse loco...! Y mientras más pienso en ello, lo creo menos difícil. La buena de mi prima que se enamora de todo muñeco vestido con calzones, es. es igual a todas las hijas de Eva. ¡Mujeres! ¡mujeres! ¡Cómo tuvierais un solo cuello para que yo os lo cortara de un solo tajo, como decía aquel pícaro de Nerón, que sin duda acababa de recibir calabazas cuando expresó semejante deseo!

 

Capítulo tercero

Donde se trata del medio que discurrió Antonio para librarse de Bonifacio y del que inventó Camándula para arrancar a su amigo de las garras de su rival.

 

El primo de Estefana era uno de esos hombres que en vez de arredrarse ante los obstáculos, se proponen vencerlos por todos los medios posibles.

Afirmose pues en su propósito de luchar abiertamente con su presunto rival, y al día siguiente se presentó en casa de su tío más temprano que de costumbre. Pero estuvo a punto de prorrumpir en una maldición, cuando se encontró al demonio de Bonifacio sentado al lado de Estefana y engolfados ambos en un diálogo a media voz, mientras Camándula y el viejo don Andrés hablaban del alto precio a que había llegado la harina.

Por fortuna los dos bichos de extranjis no tardaron en despedirse, y Antonio se quedó dueño del campo. Pero un cuarto de hora después tuvo también que retirarse para no seguir oyendo las alabanzas que Estefana y su padre prodigaban a porfía a Bonifacio.

Y así se pasaron muchos días. Antonio tenía que resignarse a hablar con don Andrés del calor, de la lluvia, de la luna, etc., porque Estefana no tenía ojos ni oídos más que para Bonifacio. Éste no tardó en empezar a ostentar todo el orgullo de un vencedor, y ya no se retiraba del lado de la muchacha, sino media hora después de haberse despedido Antonio.

El desdichado primo empezaba ya a pensar seriamente en tomar alguna medida enérgica contra su mal, que se agravaba de día en día, cuando recibió una cartita de Estefana, muy perfumada y curiosamente plegada, según lo acostumbra en todas sus esquelas esa preciosa mitad del género humano que se llama mujer.

El hombre que tiene la desgracia de estar enamorado no puede menos que sentirse transportado de júbilo cuando recibe una epístola de la señora de sus pensamientos, a no ser que ésta sea de las que acostumbran abrumar a sus amantes con una docena de cartas diarias, porque entonces bien sabido es que producen el efecto contrario.

Antonio, a pesar de haber preferido siempre arreglar sus asuntos de viva voz, había recibido sin embargo algunas cartas de Estefana; y al ver la letra de ésta en el sobre de la que tenía en la mano, sintió oprimírsele el corazón, como dicen los novelistas románticos; porque el carácter alarmante a que habían llegado ya sus relaciones con su prima, le hacía temer alguno de esos ardides de que él mismo se había valido muchas veces para retirar a sus rivales.

Y no le engañó su presentimiento, porque apenas rompió el sobre escrito, se encontró con que la carta era de don Bonifacio y no de su prima. Él mismo había escrito a sus rivales muchas cartas y suplicado a Estefana que pusiese el sobre de su puño y letra, para que los tales señores entendiesen que la prima consentía en lo que decía el primo.

Sabiendo esto Antonio, tuvo un instante tentaciones de quemar la carta antes de leerla; pero como al fin nada se pierde en leer lo que escribe un enemigo, leyó la epístola de Bonifacio que empezaba así:

"Caballero"

—¡Habrase visto animal! —murmuró Antonio—. ¡Llamar caballero a un demócrata como yo! Está visto que este asno viene de un país en que existen todavía esclavos, condes y marqueses. Pero continuemos:

Caballero: la señorita su prima ha empezado ya a disgustarse demasiado con las largas y continuadas visitas que le hace V. diariamente. Ella misma me ha suplicado que yo se lo haga entender a V. lo más pronto posible, con lo cual cumple ahora su afectísimo amigo y servidor q.s.m.b.

Bonifacio Azpeitigurrea.

Antonio estrujó entre sus dedos la inocente carta, corrió a una mesa, tomó en ella una cajita, sacó de ésta un par de pistolas y las empezó a mirar atentamente y con una risa sardónica.

—¡Infame! —dijo entre dientes—: ¿creíste que me había de dejar robar impunemente a Estefana? Te equivocaste pícaro aventurero; yo te desafiaré y te mataré inmediatamente: porque tú no tienes más que lengua y yo tengo algo más.

Cerró otra vez las pistolas dentro de la caja, llamó a su cochero con un grito, y con acento breve e imperioso le dijo:

—La calesa; ahora mismo.

Corrió luego a su cuarto y se empezó a vestir apresuradamente. Pero de súbito se puso a reflexionar.

—¡Veamos! —se dijo a sí mismo—. No hay que proceder con el atolondramiento de un héroe de novela. El consejero más malo y más ridículo que podemos encontrar en nuestra vida es uno de esos libros llenos de fábulas y patrañas que se llaman novelas. Así pues, reflexionemos.

Una de dos: o Bonifacio admite el desafío o no. Si no lo admite, es un cobarde: Estefana lo sabrá al instante, y como no ha de querer casarse con un hombre cobarde, pondrá de patitas en la calle al susodicho Bonifacio. Si admite el desafío, tanto mejor; porque haciendo justicia al mérito de cada uno de los contendientes, yo debo de ser el vencedor y mataré sin misericordia a ese bicho de fuera. Estefana que se ha empapado en la lectura de esas novelas románticas que a millares nos arroja la caballeresca Europa, aplaudirá y admirará este acto, y me seguirá hasta a los infiernos, si a los infiernos voy a esconderme, y se casará conmigo, aunque sea Satanás quien nos eche la bendición nupcial. Pero... ¿y si Bonifacio me mata? ¡Ba! ¿matarme ese badulaque...? ¡Imposible! Pero no; todo cabe en la posibilidad, como se dice en esas abominables aulas de metafísica; y mi rival, por consiguiente, puede matarme. El caso es que yo no estoy resignado a morir. Un héroe de novela en mi lugar, diría: "todo es igual: si me mata, también consigo mis deseos; porque o mi querida o la tumba". Desgraciadamente, yo no puedo decir lo mismo; porque aunque Estefana sea una mujer no muy fea y con algún dinero, no es de esas que merezcan un sacrificio tan enorme, como lo es el de la vida. Y entonces ¿qué hacer...? Pero si es imposible. lo dicho: Bonifacio no puede matarme.

Luego de todos modos me conviene desafiarle.

¡Vamos! Es preciso convenir en que soy un ergotista endemoniado, que hará siempre honor al colegio de San Ildefonso.

Al concluir este monólogo, Antonio se echó bajo del brazo la caja de sus pistolas, salió de su casa y se metió en su calesa que estaba ya enganchada.

Cinco minutos después, entraba en casa de Camándula.

En el corredor se dio de narices con el mismísimo Bonifacio, que empezó a ensayar una sonrisa; pero Antonio que no tenía muchas ganas de reírse, entró sin preámbulos en la cuestión.

—Caballero —le dijo con una sonrisa irónica—, uno de nosotros está de más en el mundo. Y como cuando dos hombres llegan a persuadirse de esto, no les queda más recurso que batirse, he traído en mi calesa un par de pistolas para que uno de los dos deje de existir ahora mismo.

Bonifacio palideció súbitamente y miró en derredor de sí con ojos extraviados, como si buscara algún protector.

—Es decir —tartamudeó después de un instante de silencio—, es decir que... que usted... que usted quiere...

—Que yo quiero que nos batamos —interrumpió Antonio con voz insolente—. Y no nos retiraremos del campo hasta que uno de los dos haya ido a contar a Satanás nuestra aventura.

—¿Con que aquí es costumbre batirse? —preguntó Bonifacio que empezaba ya a volver del susto.

—Como en todas partes, caballero.

—Pero usted don Antonio, que debe ser un hombre instruido, debe conocer como tal lo perjudiciales que son los desafíos a la sociedad y a la moral.

—Lo conozco tanto que me atrevería a escribir diez tomos probándolo; pero si después de escribir esos diez tomos, usted me hacía lo que me ha hecho ahora, le desafiaría a usted tan frescamente como hoy.

—Pero yo, señor mío, que no acierto a prescindir de mis convicciones, no me batiré jamás con ninguno.

—Es decir que usted es...

—¿Un cobarde? Convengo en ello. Yo no me jacto de ser valiente, es decir, de una cualidad que poseen hasta los brutos. De lo que yo me jacto, es de ser un hombre que ha procurado instruirse con todos esos conocimientos útiles que tanto engrandecen nuestro espíritu. La sabiduría es el don más precioso que puede adornar al hombre; esa costumbre de derramar sangre en duelos y guerras es un instinto feroz y brutal que deshonra a la humanidad.

—Habla usted como un libro, caballero. Desgraciadamente nosotros debemos tomar a los hombres como son y no como deben ser: principio refutado por no sé qué filósofo o publicista, pero que viene de molde en la presente cuestión. Pero Dios me libre: estamos disputando como dos estudiantes y nos olvidamos de lo que importa. Caballero, yo no le forzaré a usted a que se bata: solamente deseo que usted sostenga su opinión delante de mi prima.

—No tengo embarazo en hacerlo —respondió Bonifacio.

—Pero yo sí —dijo súbitamente una voz que partía de la sala.

Ambos interlocutores volvieron la cabeza hacia aquel lugar y se dieron de cara con Clemente.

—Señor don Antonio —dijo éste sin volver a ver siquiera a Bonifacio—, mi amigo tendrá el honor de batirse con usted a las armas a la hora y en el sitio que usted mismo señale.

—A las pistolas ahora mismo y en las afueras de la ciudad —respondió sin vacilar Antonio.

—Pero... y los padrinos... —objetó Camándula.

—Usted será el de don Bonifacio, y el mío lo será el primer amigo con quien nos encontremos en el camino.

—No hay que precipitarnos inútilmente. Los padrinos deben ser los que arreglen el asunto de armas, hora y sitio; y para esto se necesita tiempo. Mándeme usted aquí a su padrino dentro de una hora, y dentro de tres, es decir, a las cinco de la tarde, podrá verificarse el duelo con las armas y en el lugar de que lo enterará a usted su padrino.

Antonio inclinó la cabeza en señal de asentimiento y se despidió.

—¡Desgraciado! —exclamó Bonifacio apenas se encontró a solas con Camándula—: ¿qué es lo que has hecho?

—Nada que no te convenga —respondió Clemente.

—Es decir que me conviene que me mate ese loco.

—No te matará nunca; pero si así fuese, eso te convendría más que el que mañana se supiese el que has rehusado un desafío. Yo conozco demasiado a Estefana, y sé que no volvería a recibir en su casa al que estuviese notado de cobarde.

—Pero.

—Descansa en mí. Yo iré a ver a Estefana después de hablar con el padrino de ese loco, y ella te salvará.

 

Capítulo cuarto

En donde se cuenta la nunca vista y espantable batalla que sostuvo el esforzado Bonifacio con su animoso rival y de la conducta que observó la famosa Estefana.

 

Antonio fue fiel a su palabra. Una hora después de haberse quitado de la casa de Camándula, entraba en ella su padrino, y arreglaba con aquél las condiciones del combate. Éste debía verificarse a las cinco de la tarde, a las pistolas y en el cercado de una quinta de Camándula, situada un cuarto de legua de la ciudad.

Apenas se despidió el padrino de Antonio, Clemente tomó su sombrero y corrió a casa de Estefana. Dijéronle allí que don Andrés estaba durmiendo la siesta y que la señorita se había retraído a leer a su cuarto, según costumbre. Hízose conducir a presencia de ésta, y cierto de que se hallaba a solas con Estefana, le dijo:

—Señorita, la gravedad del asunto que me trae me ha dado ánimo para atreverme a turbar sus sabios entretenimientos. La voz de la amistad habla muy alto en mi corazón, y como un amigo mío, a quien usted estima también, se halla quizás en este momento al borde de la tumba...

—¡Qué dice usted! —interrumpió con no poco asombro Estefana.

—La verdad, señorita. Mi amigo Bonifacio tiene la desgracia de ser un caballero pundonoroso y valiente, y habiendo oído que un hombre hablaba de usted en términos poco decorosos, le ha desafiado a muerte, y entre dos horas deberá verificarse el duelo en un cercado de mi quinta.

—¡Oh noble caballero! —exclamó conmovida Estefana— ¡qué bien se conoce en todo eso a un compatriota de Pelayo, cuya ilustre sangre corre acaso por sus venas! ¿Pero quién soy yo, oscura hija de un país semibárbaro, para que un noble español venga a derramar su sangre por mí?

—Usted es, señorita, valiéndome de las mismas expresiones de Bonifacio, un ángel de tan sorprendente hermosura, que ha sido capaz de detener a mi voluble amigo en esta ciudad. Él ha recorrido casi todos los países del mundo, ha visto los monumentos más bellos levantados por el arte, las obras más grandiosas que la naturaleza ha sembrado en la tierra, las mujeres más celebradas por su belleza; y después de examinarlo todo con la desdeñosa mirada del escéptico, se ha alejado sin conmoverse. Y aquí, en este lugar casi ignorado del mundo, se encuentra repentinamente con una mujer, cuya presencia le fascina, y sin acertarse a explicar a sí mismo lo que siente, se ve obligado a detenerse donde menos lo pensaba. Y cuando ya se veía próximo a alcanzar el radiante porvenir en que había soñado tantas veces, he aquí que un incidente desgraciado se interpone en medio de su camino para arrancarle su felicidad. Por eso me ha dicho con una voz tristísima que ha arrasado de lágrimas mis ojos: "Si mi rival me mata..."

—¿Su rival? —interrumpió Estefana—. ¿Pues quién es el hombre con quien va a batirse?

—Don Antonio, su primo de usted.

—¿Y ése es el que me ha injuriado?

—Crea usted, señorita —respondió el socarrón de Camándula—, que sólo un descuido mío pudo haberle dado a conocer al que se ha atrevido a cebar su lengua en su inmaculada reputación. El mismo Bonifacio me encargó que jamás le dijese a usted quién era ese hombre. Pero el tiempo vuela y me olvido del objeto principal de mi venida. Mi amigo me suplicó que si su rival le mataba, viniese yo a decirle a usted la causa de su muerte y a entregarle este anillo que tiene sus iniciales y algunas hebras de su cabello para que usted tenga siempre un recuerdo de ese amor, por el cual sacrificará su vida tal vez.

Al decir estas palabras, Camándula quitó de su dedo meñique un anillo y se lo presentó a Estefana. Ésta lo recibió en silencio, porque las lágrimas que había sabido arrancar de sus ojos el astuto español, le impedían pronunciar una palabra.

—Si me he anticipado —continuó Camándula—, a darle a usted todas estas noticias es porque he creído que después de la muerte de mi amigo, no tendría valor para cumplir con mi misión. Y ahora que la he desempeñado, permítame usted retirarme a hacer los preparativos del combate.

Camándula se puso en pie; pero antes de retirarse le detuvo la voz de Estefana que le dijo:

—¿Y no habrá un medio de evitar ese duelo?

—Yo no encuentro ninguno.

—Pero yo sí —exclamó súbitamente Estefana—, enjugándose las lágrimas. Ya sé cómo debe portarse en estos casos la mujer que ama.

Cuando Camándula entró a su casa, encontró a Bonifacio comiéndose las uñas. Para animarle, le contó su conversación con Estefana.

—En todo lo que me has contado —dijo Bonifacio— no encuentro más que un diálogo excelente para una novela romántica; pero no es eso lo que ahora necesitamos.

Camándula se contentó con responder con una sonrisa de desprecio y se fue a visitar sus pistolas.

A la hora señalada para el duelo, dos calesas llegaron casi simultáneamente a la quinta de Camándula. En la primera venía éste con el citado Bonifacio y en la segunda Antonio con su padrino. Los cuatro se dirigieron al cercado y se detuvieron en un escampado de unas cuarenta varas en circunferencia.

—Este sitio me parece muy a propósito —dijo Camándula—. Carguemos las pistolas.

El padrino de Antonio presentó al de Bonifacio una caja que había traído en la mano. Dentro de ella se encontraban las pistolas que el primero había examinado algunas horas antes en su aposento. Los dos padrinos se pusieron a examinarlas.

—Son mejores que las mías —dijo Camándula.

—Pues carguemos —dijo lacónicamente el otro padrino.

La operación quedó concluida en un minuto con no poco sentimiento de Bonifacio, que en aquel momento estaba mirando tristemente el sol que descendía con lentitud por el horizonte. Antonio estaba mirando al soslayo a su rival, y se admiraba no poco de encontrar tan resignado a un hombre, que tres horas antes había mostrado su abierta repugnancia al duelo. No sabía cuánto había hablado Camándula para conseguir aquella aparente muestra de valor.

Sacó a ambos de su distracción la voz de Clemente que decía:

—Señores, venga cada uno a tomar el puesto que le toca, porque voy a contar los pasos a que deben colocarse.

Bonifacio no dio señales de haber oído estas palabras y permaneció inmóvil. Camándula, para no dar a conocer la debilidad de su amigo se acercó a él y empezó a contar los pasos desde su lugar. A los cinco pasos se detuvo y le dijo a Antonio:

—Venga usted: éste es su lugar.

—¡A cinco pasos de distancia! —exclamó Antonio palideciendo ligeramente.

—Así lo hemos convenido —dijeron a la vez los dos padrinos.

—¡Bárbaros! —gritó Bonifacio sin poderse contener más tiempo—. Más valdría que cada uno de nosotros mordiese la boca de la pistola de su contrario y disparásemos a la vez.

—Si a usted le parece mejor, lo haremos así —dijo Antonio, recobrando su valor al ver la cobardía de su rival.

Dicho esto, se colocó en su puesto y tomó la pistola que le alargaba su padrino, mientras el de Bonifacio hacía lo mismo con éste.

—Señores —dijo Camándula—, voy a dar tres palmadas: a la última, cada uno de ustedes disparará simultáneamente.

Antonio siempre pálido, pero con una serenidad fingida o verdadera, levantó el brazo derecho y apuntó con firmeza a la cabeza de su contrario. Bonifacio levantó también el brazo y apuntó, pero los temblores que agitaban su mano podían percibirse a cien varas de distancia.

Camándula dio la primera palmada entre el profundo silencio que reinaba en el cercado. Pero de súbito se detuvo y miró con inquietud en derredor de sí.

—He oído pasos —dijo—, y temo que alguno nos sorprenda.

Tras estas palabras se metió entre la arboleda que circuía el escampado y desapareció.

Antonio y su padrino se miraron llenos de asombro. Bonifacio pareció no advertir la retirada de Camándula.

Pero dos minutos después volvió éste, sin acertar a disimular la alegría que brillaba en sus ojos.

—Vamos a empezar de nuevo —dijo—. A la tercera palmada ¡pum!

Camándula dio la primera palmada. la segunda. Pero de súbito apareció entre los árboles una mujer que deslumbraba con la blancura de su vestido, dio un grito penetrante y de un salto se colocó valerosamente entre los dos combatientes.

A tan repentina aparición, Bonifacio y Antonio retrocedieron un paso, y miraron estupefactos a aquella mujer.

Era Estefana.

—Señores —dijo ésta—, disparen sus armas si tal es su voluntad, y quiten a esta desdichada una vida que detesta.

—¡Oh! —exclamó Antonio volviendo de su estupor—. Ésta es una comedia preparada por alguno de esos bellacos que se interesan en mi perdición.

Y haciéndose a un lado para no herir a Estefana, apuntó resueltamente a su rival. Pero una mano se alzó repentinamente tras él y detuvo su brazo. Antonio se volvió vivamente y se dio de hocicos con el viejo don Andrés.

—¡Mi tío! —exclamó entre asombrado y confuso.

—Tu tío, sí —respondió don Andrés—, que se avergüenza de encontrar más nobleza en un extraño que en ti. Apenas ese noble español ha visto interponerse entre ambos a una mujer, ha abatido su arma, mientras que tú la levantas otra vez para asesinarlo.

—Padre mío —dijo Estefana—, dejemos a ese miserable entregado a su confusión, y regresémonos a la ciudad con ese valiente caballero, que ha sabido exponer su vida por el honor de una mujer.

Antonio caminaba de asombro en asombro. Las palabras de su prima le dejaron alelado, y empezó a creerse presa de una pesadilla.

Don Andrés se acercó entre tanto a Bonifacio que tampoco comprendía muy bien lo que pasaba, y le tomó del brazo. Camándula hizo lo mismo con Estefana y los cuatro se alejaron del sitio del combate.

—¡Miserable! —gritó Antonio al ver alejarse a aquel grupo—. ¿He de dejar frustrarse así mis esperanzas?

Y apuntó otra vez a Bonifacio. Pero lo detuvo a tiempo su padrino que era un amigo y condiscípulo suyo.

—Detente, Antonio —le dijo—. Ten el consuelo que abrigan los empleados destituidos por alguno de nuestros juguetes políticos: ¡mañana será otro día!

 

Capítulo Quinto

Donde se prueba que, aunque parezca una fábula, los pronunciamientos traen alguna vez una utilidad positiva.

 

Antonio no volvió a aparecerse en la casa de su tío para justificarse. Bonifacio se lo agradeció mucho, y así éste como su amigo trabajaron tanto con el viejo don Andrés que el casamiento de Estefana con el dichoso españolito quedó fijado para la pascua de Navidad.

Pero en Yucatán, el hombre propone y los pronunciamientistas disponen.

Era principios de diciembre del año pasado. Bonifacio entró una mañana todo asombrado en el cuarto de Camándula y con voz agitada le dijo:

—¿Sabes qué rumores corren ahora en la ciudad?

—Nada sé: no he salido en toda la mañana.

—Pues bien, se dice que han estado prendiendo a algunos indieros, y que muchos de los españoles que han tomado parte en el lucrativo comercio de los naturales van a ser expulsados del país.

—¡Vaya! eso ya lo sabía desde ayer.

—¡Y nada me habías dicho, sabiendo que ni tú ni yo tenemos la conciencia muy limpia!

Camándula dejó ver en sus labios una sonrisa y respondió:

—Nada te había dicho, es verdad; pero estoy haciendo ya los preparativos de nuestro viaje.

—Me admira el estoicismo con que miras semejante desgracia.

—Es porque estoy persuadido, amigo Bonifacio, de que nada es duradero en este mundo, principalmente en Yucatán, en donde eso, que se llama aquí política, es una especie de juego de damas. El gobierno anterior ha sido comido por el actual y éste a su vez será comido muy pronto por otros. Y esto no lo digo yo solo, sino todos. Ahí tienes a Lagartija, uno de esos redactorcillos de La Burla, que en su artículo de El niño que no llora, no mama,







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Reviews


Prepared by Janet Pérez113


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Peninsular


Alfonso X of Castile. The Learned King (1221-1248). Edited by Francisco Márquez-Villanueva and Carlos Alberto Vega. Harvard Studies in Romance Languages: 43. Cambridge: Department of Romance Languages and Literatures of Harvard University, 1990, 165 pp.

This collection contains seven papers delivered at an international symposium on Alfonso el Sabio in Cambridge on November 17, 1984. It is a fine complement to other studies commemorating the seven-hundredth anniversary of the King's demise, such as the similar collection of studies edited by Robert I. Burns under the title Emperor of Culture (Philadelphia: U of Pennsylvania P., 1990). However, while the Burns volume presents a European view of Alfonso, the studies in Alfonso X of Castile generally stress the Oriental connection. Charles Fraker's «Abraham in the General Estoria», Owen Gingerich's «Alfonso the Tenth as Patron of Astronomy»," Israel Katz's «Higinio Anglés and the Melodic Origins of the Cantigas de Santa María: A Critical View», Carlos Alberto Vega's «The Refram in the Cantigas de Santa María», and especially Francisco Márquez Villanueva's lucid «The Alfonsine Cultural Concept» all purpose to varying degrees a Hebreo-Arabic inspiration for the unique dynamics of the Alfonsine intellectual and cultural project. The other two essays in the volume are «The Satirical Poetry of Alfonso X: A Look at its Relation to the Cantigas de Santa María» by Joseph Snow, which presents evidence for a personal composition of the Cantigas d' escarnio e de maldezir and at least a personal compilation of the Cantigas de Santa María, and a confusing and pointless effort by Daniel Devoto titled «El tiempo en las Cantigas».

The volume's scholarly value clearly lies in its insistence that Alfonso's epithet El Sabio has merit because of his unswerving appreciation for Arab culture, present from his youthful proposals for maintaining Murcian learning after the region's conquest in 1243 to his later installation of the Castilian court in Sevilla. Márquez-Villanueva sustains that the king's actions were motivated by an intense awareness that Latin was not and had never been instilled into Castilian culture enough to form a base for learning. «For Alfonso», writes Márquez-Villanueva, «the only realistic course was to detach, to a certain point, the idea of learning from the idea of Latin for the very first time in the Western Middle Ages» (79). The King therefore opted for Castilian as the medium for the transmission of knowledge, and -having broken thereby the dependence on Latin sources- put his scholars to work at his «University of Arabic» turning into Castilian the Eastern books on astronomy, optics, mechanics, clock-making, scientific instruments, mineralogy, magic, games, literature, and music. It is indeed this last area that has been most subjected to a «European thesis», since Alfonso compiled songs about the Virgin Mary sung in the purported troubadouresque Galaico-Portugués tongue and illuminated by distinctly French-inspired miniatures. Katz and Vega demonstrate, notwithstanding, that the music-lyric format of the Cantigas de Santa María is the Arabic zajal and not the European virelai.

In sum, these authors argue that thirteenth-century Spain was indeed different from its European counterparts, and that Alfonso wisely opted to advance his people's cultural heritage along its residual Iberian base rather than to continue the artificial imposition of conventional Latin learning. His cultural concept succeeded and survived relatively unchanged for a century, until the Trastámara dynasty under Enrique II ruthlessly imposed again an exclusively European model on Spain.

David H. Darst

Florida State University




Garay, René Pedro. Gil Vicente and the Development of the Comedia. UNCSRLL 232. Chapel Hill: U. of North Carolina P, 1988. 220 pp.

The specific Vicentine works which Garay studies are two plays, the Comédia de Rubena (1521) and the Comédia do Viúvo (1524). This study, which appears to be a revision of his Ph. D. dissertation (1984 Vanderbilt U) is organized around two broader objectives, which are: 1) through «the historical considerations of genre and the theoretical methods of its investigation... to define the Vicentine comedia against the backdrop of its rich literary past... [and] uncover the underlying beauty of these two works» (4) and 2) to approach each work from a formalist, structuralist perspective which «delves into the structure of the works in such a way as to uncover the semiological system of signification» (4).

Accordingly, rather than addressing Gil Vicente's work as an «underdeveloped» or inferior precursor to Renaissance aesthetics and goals, Garay first considers him (as have others) in terms of his own medieval, un-Aristotelian tradition. Chapter 1 traces the state of comic theory in Western Europe from the fall of Rome through Dante, and stresses the primary concern for ethical purpose and style in dramatic works. Dante's definition of comedy as «the happy conclusion [out of sad or turbulent beginnings] and the use of decorum in the stylistic embellishment of the text -becomes the standard tale for comic dramatists» (33) including Gil Vicente. Chapter 2 narrows the focus to the development of dramatic imagination in the pre-sixteenth c. Iberian Peninsula, as seen in kharjas, cantigas, dance-songs, etc. and as discussed by St. Isidore and, later, the Marqués de Santillana. Following Bruce Wardropper's thesis, Garay defends «the poetic origins of plot construction in Peninsular drama ...[where ] formal dramatic conventions are superseded by a direct cause-effect relationship between the stage fiction and its (poetic) source» (45). Chapter 3, «The Scope of the Vicentine Secular

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perspective», situates Vicente within the late medieval traditions of binary oppositions and those of Christian humanism, in which divine guidance resolves apparent contradictions and strife. Garay concludes this chapter arguing that the years 1520-24 signal a crucial change in direction in Vicente's dramatic activity, as attested to in a 1522 letter of to King D. João III in which he speaks of the inferior rhetorical and stylistic merits of previous as compared to the sweet rhetoric and superior style and characters found in his latest work. Garay attributes Vicente's new aesthetic concerns to the emerging Renaissance sensibilities, and contends that Vicente's emerging concern for appropriate elements aesthetics of comedy emerge in the two comic plays, the Comédia de Rubena and the Comédia do Viúvo, and ultimately corroborate Vicente's role, along with Torres de Naharro, in determining the of subsequent comic drama in Spain.

Chapters 4 and 5 each present a detailed structural analysis of one of the above mentioned plays, patterned after Greimas's model. The binary oppositions which abound lend themselves well to such a treatment, and there are interesting insights in both chapters. Garay concludes that although a message of social reform infuses other works by Vicente, «it is in two comedies examined here that the Portuguese dramatist enclosed his most poignant message of and supplied the most coherent formula for comic structure in the drama of the Iberian Peninsula... it was in the two comedies that we have seen that he poured his most important message of harmonization, one in which both worlds, the ironic and the romantic, come together to form, in realistic terms, the very texture and design of his poetic expression» (215).

Garay is to be thanked for directing attention to two less-studied works by this under-recognized playwright, and his efforts to reevaluate Vicente in the context of intellectual currents of his day are welcome. Typographical errors, and occasional incomplete sentences (p. 140, line 26, for example) are at times a distraction to the study, as are occasional unidiomatic usages of English. The criteria for translating quotes are unclear: the study is prefaced by a very laudatory endorsement in Portuguese, by Massaud Moises, which is translated into (unidiomatic) English; Portuguese language quotes within the study itself, however (p. 75, for example), are not translated. It is also unclear why one would quote Plato from an 1834 translation (p. 88). Nonetheless, Garay's work is a positive addition to studies of Gil Vicente's literary production.

Maureen Ihrie

Kansas State University




Urbina, Eduardo. Principios y Fines del 'Quijote'. Potomac, MD: Scripta Humanistica, 1990. 199 pp

Siguiendo las pautas de John J. Allen y Anthony Close en cuanto a la ironía y de E. C. Riley y Edwin Williamson con respecto al género (romance), Eduardo Urbina logra, no obstante, superar esos modelos. Este es un libro valioso por lo que aporta de novedoso a nuestra apreciación no sólo de la ironía y el romance sino también a nuestro entendimiento de lo grotesco y lo paródico como principios estéticos y estructurales.

Se ha hecho ya un tópico lo del romance como fuente genérica del Quijote, hasta tal punto que se suele pasar por alto otras tradiciones literarias, como la sátira Menipea. Northrop Frye entendía perfectamente la naturaleza híbrida del texto, señalando que es un compuesto de sátira, romance y novela. Mijail Bajtín titubeaba entre sátira Menipea y novela dialógica, sin decir apenas nada de romance.

Para Urbina, el concepto subyacente -más básico que la ironía, lo grotesco o el romance- es la parodia. La verdadera tradición literaria que informa el Quijote es la parodia de modelos, cuyas raíces también han de encontrarse en la edad media, especialmente en Chrétien de Troyes.

Así es que Urbina encuentra tanto las raíces genéricas como también las modalidades de la ironía y lo grotesco en los romances de la edad media. Otra pauta fundamental es, por tanto, la idea de continuidad que asociamos con Ernst Curtius y Otis H. Green. Aunque sitúa el Quijote dentro de un conjunto de tradiciones literarias, Urbina subraya aún más la originalidad de Cervantes, el que impone su sello distintivo sobre lo heredado. Esa originalidad no se extiende a la creación de la novela moderna, sin embargo; el Quijote pertenece mayormente a la tradición del romance (21).

La parodia se ve como fin de los principios irónicos y grotescos, pero es, a su vez, principio que contribuye al fin de una ficción autoconsciente y paradójica. El título del libro insinúa ya las relaciones complejas entre principios y fines. El autor maneja una serie de conceptos interrelacionados de una manera magistral, definiéndolos con esmero y haciendo que veamos su complementariedad y su importancia para la apreciación del arte de Cervantes. Aunque se ha hablado mucho de cada principio por separado, hasta ahora nadie ha logrado presentar una visión coherente de cómo funcionan en conjunto.

Ahora bien; la pregunta que ha de hacerse es la siguiente: la parodia, ¿es género, modalidad o sólo un indicio de que hay que profundizar algo más para identificar debidamente la forma genérica fundamental? Para Urbina, es una modalidad que se manifiesta frecuentemente en el romance. De acuerdo; es modalidad más que género, porque se encuentra evidentemente en varios géneros, pero, para mí, es ante todo un «indicador genérico» que, junto con la ironía y otros factores enumerados por Bajtín y Highet, sirve para configurar el género de la sátira. Para Urbina, lo satírico queda supeditado a la parodia; para mí, todo lo contrario. Pero lo cierto es que, en nuestra visión global del texto, hay una preponderancia de coincidencias y sólo unas cuantas divergencias de poca

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importancia.

Aparte de eso, hay que reconocer que éste es un libro importante que desarrolla una tesis coherente y, en gran medida, convincente. Un aspecto impresionante es la conjugación de tantos conceptos difíciles de definir -ironía, admiración, grotesco, parodia, paradoja, romance, sátira, novela- pero lo más valioso, a mi modo de ver, es la comprobación de los nexos no siempre aparentes entre ellos y, en particular, la sutil argumentación con respecto a principios y fines.

Otras observaciones perspicaces, pero imposibles de resumir aquí, tienen que ver con el tópico de la aventura guardada, con la creación de un «nuevo mundo grotesco en el que se dan en equilibrio lo verosímil y lo admirable» (106), y con Sancho como sustituto de la dama de carne y hueso y, a la vez, síntesis del enano y el escudero de los libros de caballerías. Hay también un apartado genial sobre la ironía narrativa.

Si el libro sobre Sancho Panza anunciado en estas páginas (el que acaba de ver la luz del día, efectivamente) verifica el mismo estilo sobrio y claro, la argumentación coherente y la perspicacia evidenciadas aquí -todo lo cual es de esperar- la conclusión que se impone es que Eduardo Urbina merece ya un puesto entre los más destacados críticos del Quijote.

James A. Parr

University of California, Riverside




Calderón de la Barca, Pedro. The Schism in England (La cisma de Inglaterra). Translated by Kenneth Muir and Ann L. Mackenzie. Warminster, England: Aris & Phillips, 1990. 261 pp.


Amadei-Pulice, María Alicia. Calderón y el barroco. Exaltación y engaño de los sentidos. Purdue University Monographs in Romance Languages, No. 31. Amsterdam/Philadelphia: John Benjamins Publishing Company, 1990. Pp. xii, 258, 33 illustrations. $74.00.

Calderón's dramatization of Henry VIII's infatuation with Anne Boleyn, his divorce from Catherine of Aragón, and his break with the Church of Rome is skillfully edited and accompanied by an excellent translation, the first available in published form. Having previously published Four Comedies (1980) and Three Comedies (1985), Muir and Mackenzie, in their effort to remedy the «paucity of satisfactory translations» (p. v) which has been a large obstacle to an understanding and appreciation of Calderón's theater by those who do not read Spanish, now provide another translation, almost in blank verse, of one of his important although little-known plays.

Calderón's play, based on the Historia eclesiástica del cisma del reino de Inglaterra (1588) by the Jesuit historian Pedro de Ribadeneyra, deals with the same subject as Shakespeare's Henry VIII. The discovery by N. D. Shergold and J. E. Varey of documentary evidence that a performance of La cisma de Inglaterra took place at the Royal Palace on 31 March 1627 leads Mackenzie to propose 1627 as the year of composition and to regard this play «as perhaps Calderón's earliest drama of truly outstanding merit» (p. 2).

Mackenzie's Introduction (pp. 1-44) and her Commentary (pp. 193-257), which follows the Spanish edition and its English translation on facing pages, provide excellent treatment of the historical facts on which both Shakespeare and Calderón based their plays, as well as of the predictable ways in which the two dramatists differ in their presentations of the characters and of Henry's break with the Church of Rome. It is interesting to note that neither Shakespeare nor Calderón gave Anne Boleyn the character which she possessed in historical reality. Calderón, for example, dramatizes Ribadeneyra's interpretation that a woman would be the cause of Wolsey's perdition, but he substitutes Anne for Queen Catherine as the ultimate cause of the downfall of Henry's favorite. Shakespeare, on the other hand, presents Anne Boleyn in a much more favorable light.

Mackenzie bases her edition on the text generally accepted as the editio princeps, which was published by Vera Tassis in the Octava parte de comedias (Madrid, 1684). She has modernized spelling except in cases where the original spelling is preserved for considerations of rhyme and meter.

Anne Mackenzie and Kenneth Muir are to be heartily congratulated on this cooperative venture which they affectionately dedicate to Dr. Ivy L. McClelland. In it, they make available to a wide reading public both the original Spanish text and a skillful translation of a little-known play in which a youthful Calderón creatively treats an important period in English and European history.

Amadei-Pulice's study represents a continuation of research undertaken for a 1981 UCLA doctoral dissertation. In it, María Alicia Amadei-Pulice provides, in addition to a brilliant analysis of the polytechnic formula of Calderón's theater, a clear understanding of the transformation of Renaissance theater, as exemplified by Lope de Vega, into Baroque theater in which «el intelecto y los sentimientos sucumben al engaño de la conjunción de todas las artes» (p. 14).

Lope's comedia, as performed and as defended theoretically in his 1609 Arte nuevo, from which Amadei-Pulice quotes:


Oye atento, y del arte no disputes;
que en la comedia se hallará de modo,
que oyéndola se puede saber todo


(p. 6)                


placed almost exclusive emphasis on the auditory value of his dramatic poetry. By 1621, as indicated in the prologue to his Parte XVI, Lope senses the winds of change in the lamentation of a personified Teatro: «...los autores se valen de las máquinas; los poetas de los carpinteros, y los oyentes de los ojos» (p. 6).

Amadei-Pulice skillfully documents the process whereby the audio emphasis of Lope's comedia gave way to a polytechnic approach which merged dramatic poetry with a wide array of visual and auditory effects in creating the comedia de teatro. The first of

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her three chapters, «Comedia y comedia de teatro» (pp. 1-42), explains very systematically and clearly the evolution of Baroque theater from its Renaissance model; Chapter 2, «Efectos sonoros del stile rappresentativo» (pp. 43-108), places emphasis on theater as representation, and deals specifically with the incorporation of musical and other auditory effects into Calderón's plays; and Chapter 3, «El valor de la perspectiva, sus orígenes y aplicación» (pp. 109-67), documents the important visual elements which were brought into Spain from Italy by Cosimo Lotti and his successor, Baccio del Bianco. One of the most appealing characteristics of this book is its clarity in discussing synesthetic stimuli and responses, not only with reference to Calderón's theater, but to the «rimas oculares» of Góngora's Polifemo (p. 89), the «perspectivismo» of Cervantes (p. 90), and to Velázquez's Las meninas, «el más teatral de todos los cuadros en la historia del arte» (p. 155).

Generations of teachers and students have been aware of the profound structural chasm which has separated literature from theater, but we have nonetheless persisted in trying to approach the latter through the use of the methods of literary criticism. María Alicia Amadei-Pulice has made available to us a valuable study which enables us to appreciate much more fully the dramatic artistry of Calderón in the Context of a clear view of differences between the Renaissance comedia and the polytechnic advances of its Baroque successor.

James A. Castañeda

Rice University




Hernández, J. Helí, editor. Italo-Hispanic Literary Relations. Potomac, Md.: Scripta Humanistica, 1989. 121 pp.

This volume brings together a series of essays that deal with literary topics that link Italian and Spanish literature and cultural relations.

Mario Aste's interesting essay studies these Sardinian writers (Delitala, Súñer and Zatrillas) and their link with Spain. These names are relatively new to most readers of Italy-Hispanic themes, and in some ways even to the Italian reader whose knowledge generally deals with prominent Renaissance figures. But Aste points out how for the «XVI century up to and including XVII century, literature in Sardinia was mostly written in Castillian» (5). Aste's essay opens up the awareness of authors hitherto unrecognized.

Vincenzo Bollettino sees an influence between Carlo Levi and the narrative of García Márquez. He notes specific characteristics that later find their echoes in the Colombian writer. He even avers that García Márquez told him in a private conversation that Levi influenced him.

Once again Nancy D'Antuono has made a contribution to Golden Age Theater studies, and in particular Lope de Vega studies; here in the figure of Pantalone. The mask was well-known and the figure held great interest for Lope de Vega, especially as seen in Lope's play La francesilla (1596). D'Antuono skillfully analyzes Lope's play in the light of Italian techniques and her essay represents a contribution to how Lope was able to utilize extrinsic sources to his own creativity.

The editor's essay broaches, in a very convincing way, the links between Italian begging, vagrancy and fraud with the Spanish picaresque novel. In this essay he deals with historical sources, most of which will re-echo in the Spanish picaresque novel. Many of Luis Vives's concerns (he is quoted relevantly) are a lively attack on mendicancy and poverty of the era of the Lazarillo and its social effects.

Louis Imperiale focuses on how Delicado and Pietro Aretino utilize linguistic and literary sources used to describe Rome and generally literary and dramatic space. Delicado tries to describe linguistic effects as they came out of the characters. Delicado's thrust is anti-academic and leans toward mimetic duplication in its descriptions. Aretino has complicated effects with prose and drama.

In one of the best essays of the collection, Giulio Massano returns to one of the oldest literary questions -the Italian influence on the origin of the Spanish picaresque novel. Massano, with a sure hand, delineates numerous intertextual possibilities, several of which have been mentioned previously (Boccaccio, Bandello) but adds to this an interesting new possibility, the work of Francesco Tromba. Massano is sure that these works left their traces on the picaresque novels as have certain literary figures. He also reviews italianate novelle interpolated into Spanish picaresque novels. Massano's essay is tightly woven and strongly documented, and represents another contribution to the subject.

Augustus Mastri works perceptively with the Boccaccio-Piccolomini-Fernando Rojas triangle of young lovers and love. The essay analyzes the work of each author in the light of the topos of young, tragic loves.

Cervantes and Pirandello are the focus of the closing piece in the volume. An intelligent essay by Giacomo Striuli returns to the subject treated some years ago by Wilma Newberry (1973). The subject is itself extremely complex and the essay is intelligent, well-thought out. Given the immensity of the task, Striuli's essay represents the tip of the iceberg that is the Cervantes-Pirandello question. Written in a clean, impeccable Italian, it deservedly serves as the closing essay.

The volume is a welcome one, and merely serves to remind us about the extent of Italy-Hispanic relations. This volume should also convince new and younger scholars that the literary and cultural destinies of these two great nations are profoundly linked, and new relationships are still to be discovered and studied (witness Aste's essay).

The only criticism, aside from minor disagreements that do not in any way reflect on the integrity of the essays themselves, must deal with presentation. The text abounds in misprints and typographical

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errors; no essay is without some. I do not know who is responsible for these, the individual authors or the editor or the publisher. These are a distraction to the reading of these interesting essays, but their strength saves the volume.

Joseph V. Ricapito

Louisiana State University, Baton Rouge




Jurkevich, Gayana. The Elusive Self: Archetypal Approaches to the Novels of Miguel de Unamuno. Columbia, MO: The University of Missouri Press, 1991. 199 pp.

The application of psychological theories to literary creation has sported a black eye ever since Freud and his students first took on the classics. With the notable exception of Frances Wyers, Unamuno's psychologically-oriented critics have fared even worse. Now Gayana Jurkevich, basing her work on an application of Jungian and post-Jungian analytical principles to six of Unamuno's novels and samples of his expository prose, offers an explanation of the mechanisms behind Unamuno's obsessive motifs and inabilities to produce either fully individuated male personalities or undistorted male responses to females.

Jurkevich's contention is that Unamuno's male personalities show an inability to internalize a female image (anima archetype) freed of the Mother fixation and to use this internalized image as a bridge between the feminine in the self and the feminine in other human beings. While the classic case is Augusto's castration by the Mother image in Niebla, the textbook example of the mechanism is provided by Paz en la Guerra, where the text splits the psyche into the hopelessly unindividuated Ignacio and the never integrated Pachico, who try to achieve synthesis with their opposite poles. Nada menos que todo un hombre teaches the tragic consequences when Alejandro, motivated by plebeian strivings, seeks to deny the feminine within him. Similarly, the fictive Unamuno of Cómo se hace una novela suffocates the feminizing unconscious of the Intra-historic «inner» by yielding to the macho posturing of the false-historic «outer». Mid-career novels like Abel Sánchez reveal an intensified frustration with the inability to individuate the self, producing «shadow personalities» which pursue the chosen image with both the rejected femininity and the self-critical suspicions behind would-be Dionysian masks. Finally, San Manuel Bueno, mártir dramatizes the way in which the self unsuccessfully struggling for individuation may ultimately succumb to comforting symbols of motherly dependence. Using convincing documentation of would-be-psychologist Unamuno's apprenticeship at the knee of the same turn-of-the-century romantic theorists that nurtured Jung, plus narratological glimpses into the ways that Unamuno thrusts his own authorial voice into the conflict-ridden discourse of both his narrators and characters, Jurkevich demonstrates how Unamuno's entire opus is a succession of attempts (compellingly dramatized metafictional at tempts) at liberating and unifying his personality via the word.

The initial chapter, which illustrates Unamuno's rhetoric outside the purview of fiction, sometimes labors to pick up the Jungian thrust of the Introduction, while the second chapter applies the first two sections' concepts somewhat diffusely to Unamuno's sprawling first novel. Thereafter the study deftly picks its way among evolving forms congruent to shifting inner conflicts. Each succeeding chapter significantly expands the preceding exposition. A few of the arguments are driven rather hard by the author's own rhetoric and some of the translations meddle a bit -but not self-servingly- with Unamuno's style. These are few objections, indeed, to such convincingly-written and much-needed insights into this dimension of Unamuno's psychic and literary processes.

Thomas R. Franz

Ohio University




Franz, Thomas R. Parallel But Unequal; The Contemporizing of «Paradise Lost» in Unamuno's «Abel Sánchez». Valencia: Albatros Ediciones, 1990. 52 pp.

Among the many influences on Abel Sánchez long recognized by critics -the Book of Genesis, Dante, Quevedo, Byron, Nietzsche, and various others-, one of the most important was Milton's Paradise Lost. That at least is the thesis of Thomas Franz's short monograph, which argues that no single word or author comes closer to an overall similarity of vision with Abel Sánchez than the great puritan epic on «the ways of God to men». The point is not new of course, since, as Franz himself makes clear, Milton is alluded to in Unamuno's novel and others had already compared the two works. In the present case, Franz goes a step further by studying the markings and other comments Unamuno made in his copy of Paradise Lost, and then pursuing their implications through an analysis of the parallels between Joaquín Monegro and Milton's Satan. His study thus concentrates on the psychological make-up of the two characters as well as some of the philosophical consequences one can infer from reading them together.

The major parallels between Joaquín and Satan are presented straightforwardly in a single long chapter: both characters are envious, they are unable to recognize that they possess free will, they believe that life is unfair, they have a tendency to be their own worst enemy, they distrust knowledge for knowledge's sake, and their story is a tragically failed quest for personal redemption. A brief additional chapter deals with secondary parallels: the desire for immortality through fame -Unamuno's famous «herostratism» a profound cunning in their dealings with others, and pettiness, this last no less present in Abel Sánchez than in Joaquín Monegro. In all cases, the discussion is thorough, competent, and helpful in reminding us of the complexity and contradictions of Joaquín. These was, after all, no need for him to be envious,

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yet he cannot live without hate and ultimately needs to keep it alive even as he struggles to overcome it. He is one of Unamuno's great characters, a disturbingly sympathetic vision of evil, and if it is legitimate to say -as Gullón and many others have done- that don Miguel was a founder of Spanish modernism, Abel Sánchez unquestionably stands as a significant contribution to the fascination for «le gouffre» or abyss of nothingness that so much haunted modernist writers.

To Franz's credit, at no point does he try to say that Unamuno merely imitated Milton or that Abel Sánchez is but a version of Paradise Lost. He is careful to insist, for example, that the theological perspective of the earlier writer becomes an existential one in the later text, and that the similarity between the two stems from an affinity of perspective. Unamuno did not copy Milton; rather, his interest in the theme of envy was nurtured by his meditations on the English author's conception of Satan.

Franz also knows that many other aspects of Abel Sánchez would need to be studied if one proposed to provide a complete analysis of the novel. In this context, some of his most interesting points are made in the conclusion, where he focuses on Joaquín's Confesión, his Memorias de un médico viejo, and the ambiguity of narrative perspective developed in the novel. His conclusion that the implied author is none other than Joaquín, a position he also relates to Milton, is at least as interesting as the rest of his study but inadequately developed and unclear in its implications. What does it mean to say that Joaquín fabricated a narrator to speak for him in the text, and where does this leave the real author, Unamuno? There are grounds here for another study.

Franz is aware that the analysis of sources does not reveal everything about a literary work. Still, by showing the degree to which Joaquín Monegro is a modern re-working of Milton's Satan, he helps us deepen our understanding of one of Unamuno's truly great novels.

Stephen J. Summerhill

Ohio State University




Cirurgião, António. O «Olhar Esfíngico» da Mensagem de Pessoa. Lisboa: Instituto de Cultura e Língua Portuguesa/Ministério da Educação, 1991. 387 pp.

This is not a book to be read at one or two sittings. Rather, it will be used for consultation as needed by anyone puzzled over a single image or an entire verse in Pessoa's prize-winning long poem Mensagem. Indeed, its principal value lies exactly in the intelligent way it tackles all the verses -often fine by fine, sometimes word by word. To this daunting task António Cirurgião has brought to bear his impressive store of knowledge -historical (Portuguese and, more broadly, European), religious (from the Old Testament to Rosicrucianism), mythic, and literary- deploying it as needed in what he calls a «close reading» of the poem, admittedly following the pedagogic lead of the English critic and theorist, I. A. Richards. Some of that knowledge reveals itself in the excerpts and chunks of other texts Cirurgião adduces to establish the poems rich and seldom obvious intertextuality. It will surprise no one that among such predecessor texts there is one that is preeminent, Camões's Os Lusíadas. There exists a good deal of scholarship on the Camões-Pessoa connections, especially between their two major poems.

The notes to O «Olhar Esfíngico» da Mensagem de Pessoa acknowledge its author's substantial debt to his own scholarly predecessors, but at the last he has written a highly personal book, one which for its schematic construction and consistently applied approach (metrical and strophic description, identification of allusions and names, etc. -even the furnishing of a concordance to the poem) nevertheless comes down firmly in favor of a rather straight-forward reading of the poem as a mystical-religious-political-historical-prophetic work. Hence numbers of fines in given poems, as he sees it, reflect and orchestrate the various realms and different discourses that feature the same numbers -threes, sevens, twelves, etc. Of course, this sort of approach has been employed by others- by Y. Centeno, S. Reckert, et al., all of whom have drawn generously on Pessoan material external to the text of Mensagem itself. But Cirurgião largely, if not exclusively, limits himself to reading out of the text in a rather freely analogical way. The result is that his readings of poems resemble more closely contextualized explications of the text than they do the sort of new critical readings once advocated by, say, Cleanth Brooks and Robert Penn Warren in their enormously influential textbook Understanding Poetry. If, like Brooks and Warren, he seems to credit the author with full architectural-structural and decorative control, he nevertheless seems implicitly to want to see every word of the poem linked to the diachronic realities of Portuguese history and the synchronic paradigms of myth and religion (but for religion read Christianity) and leading to an in-no-way ironic prophesy that the Portuguese will yet enjoy a Quinto Império, one of the spirit.

But there is evidence that Mensagem does not deliver, in any sincerely straight-forward way, this clear-cut patriotic message of hope and national destiny. It has been argued forcefully and with considerable evidence by Onésimo Teotónico Almeida (whose Mensagem: Uma Tentative de Reinterpreção [1987] Cirurgião cites) that in Mensagem Pessoa, following the notion of Georges Sorel on the practicality of a functioning belief in myth, one in which those employing the myth to energize and mobilize a nation or a people need hold no credence in the myth at hand, rather ironically offered the Portugal of 1934 the myth it wanted. His success in bringing this off -in the first truly ironic epic, perhaps anywhere in the Western world, at least- is attested to by its having taken in even his old friend António Ferro, the head of S. N. I., which doubled the 1934 Antero de Quental prize for poetry in order to honor

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both the patriotism of Mensagem and the religiosity of Vasco Reis's Romaria.

In fairness to António Cirurgião, however, this matter can be seen as alien to his own critical intention, which has been to offer us a detailed exegesis of this still vexed but indisputably significant modernist poem that can serve as a starting point for future explications, and for that gift readers of Mensagem can be thankful. For like Eliot's Waste Land, Pound's Cantos, Crane's Bridge or Williams's Paterson (to name only works in Pessoa's own beloved Anglo-American tradition), Mensagem will continue to inspire conflicting as well as partisan readings. One suspects that Pessoa, the scheming matter-builder of a new-yet-old myth for his once and future Portugal, would not have wanted it any other way -the S. N. I.'s prize notwithstanding.

George Monteiro

Brown University




Henares, Domingo. Hombre y Sociedad en Julián Marías. Albacete: Diputación de Albacete, 1991. 390 pp.

Since 1976 Spain has been the major subject of Julián Marías's thinking and writing. As his writings on the area of human life culminated in his Antropología metafísica (1970), his writings on the theme of Spain culminated in his España inteligible (1985). The first work was treated in relative depth by both Harold Raley (La visión responsable: La filosofía de Julián Marías, 1977; English edition, Responsible Vision: The Philosophy of Julián Marías, 1980) and Antón Donoso (Julián Marías, 1982). Domingo Henares, Professor of Philosophy in the Universidad Nacional de Educación a Distancia in Albacete, and author of various books and essays on history, philosophy, literature, and art, now has done the same for España inteligible and the various works that led up to it. Moreover, and this is the outstanding feature of his excellent and carefully researched study, Henares shows how Marías's thought on Spain is grounded in his thought on the human person and society.

Of the three parts that constitute the book, the first treats the anthropological basis of Marías's sociology. The second examines Marías's theory of society in general and its application to the concrete, historical entity that is Spain. The third presents his critical conclusions. Since the most innovative portion of the study concerns Marías's writings on Spain, it is to this that I now turn.

But first, it should be emphasized that Marías's commitment to Spain as subject matter springs from two inseparable sources: his devotion to his country, and the philosophy need to illustrate his theory of society with a concrete reality. In the words of Marías, as quoted by Henares: «...España ...me parece uno de los países más interesantes y creadores de la historia, con más vitalidad y más posibilidades no ensayadas» (256). Henares rightly concludes: «El análisis de la sociedad española para Marías... ha sido una verdadera obsesión; ...pocos filósofos españoles de todos los tiempos han dedicado tanto afán al estudio de España..., más de cinco mil páginas sobre temas españoles» (241).

This section, entitled «España y la razón histórica» -what I would call a philosophy of the history of Spain or, in contemporary terms, applied philosophy of society- consists of six chapters. They rely heavily on the four volume series that is, in the words on the back cover of the last volume, «la 'crónica de la intrahistoria' de un período en que España se ha transformado de raíz, ha recobrado su libertad política, la legitimidad de su Estado, y se enfrenta con los problemas que asedian al mundo occidental».

In sum, we see Marías's participation, as a delegate appointed by the King, in the drafting of the new constitution, and his enthusiasm for the monarchy -both despite his not being a monarchist. We also learn of Marías's commitment to liberal democracy, his objections to calling the regional inhabitants of Spain «nacionalidades» and his call for an enthusiasm in collective life- all in order that Spain might be what she can be. Above all, Marías's thinking is highlighted as Christian, both in his general theory of human life as personal (and as leading to the «other» life) and in its application to Spain (as unintelligible without its commitment to Christianity).

Two of the ten themes that comprise Henares's «Conclusiones» stand out for me (I wish he had developed all of them at greater length). One is his observation that the sociology of Marías is open to «the other side» of history (361). The other concerns Marías's religious preoccupations, seen especially in his little-known (in my estimation) Problemas del cristianismo (1979; 1982 second, expanded edition).

Throughout this scholarly study numerous references are made to sixty-three of Marías's publications, all integrated so that the whole reads smoothly and interestingly, giving the same novelesque quality that characterizes Marías's own writings.

Antón Donoso

University of Detroit, Mercy




Nagel, Susan. The Influence of the Novels of Jean Giraudoux on the Hispanic Vanguard Novels of the 1920s-1930s. Lewisburg: Bucknell University Press, 1991. 150 pp.

Susan Nagel convincingly shifts the discussion of Spanish vanguard fiction from an aesthetics of dehumanization to one informed by the novels of Jean Giraudoux. Known primarily as a dramatist, a career that succeeded his years as a novelist, Giraudoux's importance to Hispanic vanguard fiction has been overlooked in recent criticism of the genre, although it was recognized by the authors themselves in the 1920s and 1930s. Nagel's study begins with a chapter on the novels of Jean Giraudoux that is particularly useful to the Hispanist who may be unfamiliar with the French author. Her overview provides plot summaries of the novels Giraudoux wrote between 1909

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and 1930 and analyzes key techniques she believes influenced Hispanic works. She concentrates especially on decharacterization, metafiction, the use of myth, and airy imagery, which (following Gustavo Pérez Firmat) she calls «pneumatic». A second chapter, «Between the Wars: The Franco-Hispanic Crosscurrents», chronicles the reception of Giraudoux's fiction in the Hispanic world, especially, although not exclusively, documenting comments by authors who incorporated Giraudoux's novelistic techniques into their novels.

Chapter 3 uncovers Giraudoux's fictional practices in Peninsular fiction: Víspera del gozo by Pedro Salinas, Benjamín Jarnés's El Profesor inútil, Salón de estío, Paula y Paulita and Lo rojo y lo azul, Francisco Ayala's El boxeador y un ángel, and Geografía by Max Aub. The analyses are fine as far as they go, but in each case one feels that more could have been said, as Nagel limits her comments to the four Giraudoux techniques listed above and refers little to other work on three novels (the bibliography has many lacunae). The same is true of Chapter 4 on the Latin American vanguard novel, although one of the strengths of Nagel's book is that, like Gustavo Pérez Firmat's fine Idle Fictions: The Hispanic Vanguard Novel, 1926-1934 (on which Nagel relies rather heavily in places), it treats the interrelation between Spanish and Latin American vanguard fiction. Chapter 4 begins with the exchanges that took place between Spanish and Latin American writers on Jean Giraudoux and then details Giraudoux's influence on Eduardo Mallea's Cuentos para una inglesa desesperada, Jaime Torres Bodet's Margarita de niebla, Gilberto Owen's Novela como nube and José Martínez Sotomayor's La rueca de aire.

However significant Nagel's central thesis may be -that Giraudoux was more important to Hispanic vanguard fiction than Ortega's aesthetics of dehumanization-, her book is not without its flaws. The approach limits itself entirely to Giraudoux's influence, which deceptively narrows a rich and diverse aesthetic movement in Hispanic letters. Ortega's ideas, particularly «yo soy yo y mi circunstancia», do play a role in the vanguard novel, as do many avant-garde elements other than Giraudoux's novelistics (e. g., Cubism and Futurism). Curiously Nagel does not mention Robert Spires's Transparent Simulacra: Spanish Fiction 1902-1926, which demonstrates that Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, Azorín and Pérez de Ayala introduced some of the narrative innovations taken up by the vanguard. Nagel even asserts that Spanish vanguardism ignored Unamuno and Gómez de la Serna (p. 136), when El profesor inútil contains elaborate parodies of Niebla and Cómo se hace una novela, and both Jarnés and Salinas borrowed greguería techniques in their wordplays. There are a few outright errors, such as the suggestion that the Generation of '98 looked to Paris for artistic nourishment in the same degree as the vanguardisms (p. 60), the assertion that Pedro Salinas only wrote one work of fiction (ignoring La bomba increíble of 1950 and El desnudo impecable y otras narraciones of 1951), and that Víspera del gozo has six sections (it has seven; one would not know from this book that «Delirios del chopo y el ciprés» constitutes the very important central section). Numerous stylistic infelicities also mark the study and occasionally make comprehension difficult: «In the Adventures de Jérôme Bardini, Bardini leaves his wife and children in France and becomes enamored with a young girl in New York City. They are married for thirty-six days, when she, in turn leaves him» (p. 37).

Drawbacks aside, Susan Nagel has made an important contribution to our understanding of the sources of Hispanic vanguard fiction, and her study should be required reading for anyone interested in the genre.

Roberta Johnson

University of Kansas




Bolloten, Burnett. The Spanish Civil War. Revolution and Counterrevolution. Foreword by Stanley Payne. Chapel Hill: University of North Carolina Press. 1991. xxxii + 1,074 pp.

As a United Press correspondent covering the Spanish Civil War, Bolloten (1909-1987) began his painstaking, methodical, lifelong accumulation of primary documents, a vast collection underpinning a half century of dedicated research and analyses. Although not a professional academician but a freelancer and private businessman, he was for three years a lecturer and director of research on the Spanish Civil War and revolution at Stanford University's Institute for Hispanic and Luso-Brazilian Studies. Payne indicates that Bolloten's legacy to Stanford's Hoover Institution contains 2,500 imprints (including many rare items), 12,000 bound newspapers from the Civil War era, ten large scrapbooks, some 125,000 frames of microfilm, nearly seventy boxes of manuscripts and large crates of assorted documents -one of the world's two or three single most important sources for investigations of Spain's civil conflict.

Following some two decades of neglect of Spanish domestic politics by international historians and simultaneous pro-Francoist mythologization of events by Nationalists, scholars abroad began to place Spain's conflict in more accurate historical perspective. The first such study -and the only one to focus on revolutionary politics in the Republican zone- Bolloten's The Grand Camouflage (London 1961) was completed in 1957. A remote forebear incorporated, expanded and updated in the present volume, it met a chilly reception in the climate of «Cold War» politics. This pioneering account of events in Eastern Spain from July 1936 to April 1937 detailed the socioeconomic and political revolution of the Anarcho-Syndicalists, the POUM and revolutionary Socialists, and documented meticulously the growth of Communist power, the comparative immiseration of landless laborers, centrifugal micronationalism, internal polarization and the imitation of the worst foreign extremisms in Spanish guise. Recognized for its key

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contribution to historical reconstruction and understanding -essential to the re-establishment of democracy- by the first president of the restored Catalonian Generalitat, Bolloten's work was lauded by Josep Tarradellas as «one of the most important books among the fifteen or twenty thousand volumes» (xiii) published to date on the Spanish Civil War. The Spanish Revolution (1979), an expanded second work, ended with the controversial events of May 1937, providing more detailed and complete treatment of the political struggle during the war's first ten months. While the few accounts of war in Eastern Spain (e. g., Orwell's Homage to Catalonia) made no pretense to objectivity, Bolloten's massive foundation of primary sources and rigorous objectivity made this work a standard reference for other historians.

Building upon these earlier works, The Spanish Civil War covers the entire period 1936-39, adding not only the complete political history of the Republican zone during the second part of the Civil War, but much new material on the growth of Communist power in the military, government and police during the remainder of 1937 and in 1938. As the subtitle «Revolution and Counterrevolution» attests, Bolloten expands his focus beyond the revolution to encompass opposing forces (coverage is also expanded backwards to 1931 to study the brewing upheaval and the full context of European diplomatic history in the 1930s, incorporating extensive relevant publications from England and the U. S., France, Germany, Italy and the Soviet Union). The result, a monumental tome of more than 1,100 pages of tightly-packed small print should live up to the cover blurb billing as «the authoritative political history of the war and indispensable encyclopedic guide to Republican affairs» during the conflict.

Bolloten consulted more than thirty archives (listed in the front matter) in addition to his own, including some -such as the Archivo Histórico del Comité Central del Partido Comunista de España, Servicio Histórico Militar, Fundación Largo Caballero, and Fundación Pablo Iglesias, in Madrid- accessible only since their recent openings pursuant to Spain's transition to democracy. Among many important sources are the national historical archives in Madrid and Salamanca, the Centre d'Estudis d'Història Contemporània and Centro de Documentación Histórico-Social in Barcelona, Centre International de Recherches sur l'Anarquisme in Geneva and International Institute of Social History in Amsterdam. Challenging historiographers who doubt the validity of newspaper and periodical documentation, Bolloten consulted more than 500 such titles (some with as many as a thousand issues covering the Civil War) in the belief that they, «more than any other source, reflect clearly the views and feelings of the numerous and diverse factions engaged in that terrible conflict» (xvii). The acknowledgments (1019-1025) list more than 300 private individuals, government officials, libraries, publishing houses, news agencies, military sources and university presses, while the bibliography (937-1018) comprises some 3,600 entries. The useful apparatus includes a list of «leading participants» (xxv-xxxii) identifying some 170 figures from ministers in Republican governments, leaders of contending political parties, and members of the international diplomatic corps, to Russian agents, military figures and ideologists from both sides, augmented by an index (1027-1074) of 700-750 additional provincial commissars, intellectuals, party executives, commanders, authors, church leaders, cabinets and interim cabinets, militants, foreign journalists, parliamentary leaders, members of International Brigades, local, regional and national political organizations (with abbreviations, nicknames, and ideological positions), wartime news organs (and their affiliations), noms de guerre of under-cover Communist and Fascist operatives, details on security, elections, juntas, negotiations, conspiracies, laws, assassinations, executions, reforms, religious beliefs, alliances, military offensives, collectivization, demonstrations, and much, much more. Not only does the index elucidate the governmental, political and military spheres but also realms as distinct as agriculture, utilities, health, supplies, public order, people's justice, conferences, the press (national and international), transfer of valuables, and public assistance.

No review of less than monographic length could begin to do justice to the wealth of materials assembled by Bolloten, the scope and inclusiveness of his treatment (buttressed by nearly a hundred pages of explanatory notes in the smallest print available and a number of maps clarifying the changing war zones and extended stalemate), the detail amassed in his charting of the popular revolution unleashed by the military uprising of July 1936 and consequent dramatic reshaping of Republican politics designated as the Third Republic. Blaming the struggle for hegemony among parties of the Left more than Franco for the Communist rise to power, Bolloten documents precisely how Spanish Communism absorbed or eliminated its opponents and came to control almost every phase of public life. It is this focus as well as the extension and depth which most differentiate his approach from standard references. Rather than narrowly viewing Spain's civil conflict (as many have) as a rehearsal for World War II, Bolloten anchors it firmly in 20th Century European history, helping to clarify not only the war's origins but the genesis of subsequent developments in the Franco and post-Franco eras. The Spanish Civil War. Revolution and Counterrevolution will become the definitive source on the material it treats. It is inconceivable that anyone will study it in greater depth or ever feel the need to do so.

Genaro J. Pérez

University of Texas of the Permian Basin




Calvi, Maria Vittoria. Dialogo e conversazione nella narrativa di Carmen Martín Gaite. Milano: Arcipelago Edizioni, 1990. 180 pp.



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In addition to a significant corpus of published articles on the fiction of Carmen Martín Gaite, Dialogo e conversazione nella narrativa di Carmen Martín Gaite by Maria Vittoria Calvi is the third book-length study devoted to this renowned contemporary writer. Unlike its immediate predecessor, Joan L. Brown's Secrets From the Back Room (1987) which is designed for a non-specialized reader, Calvi's book addresses itself to the Hispanist with a firm grounding in Martín Gaite studies. The goals she sets are judicious but also modest in scope for she revisits and pushes at the boundaries of a well-travelled and familiar terrain. Her point of departure is a consecrated tenet of Martín Gaite scholarship, repeatedly ratified by the author herself -namely, the centrality of a problematic of communication (e. g., the search for a valid interlocutor) and the privileging of oral discourse in the writer's opus.

Calvi carries this premise to the next order. Scanning the continuum of communication in Martín Gaite's five novels (e. g. spoken and written, imaginary and real, failed or realized), she focuses sharply on the opposition of «conversation» and «dialogue». «Conversation» is largely responsive to a group dynamic and slides readily into the vacuous and bloated banality of small talk. Instead, «dialogue» (ideally limited to two speakers) is crucial to the finding and making of meaning and encompasses significant interpersonal communion and rapport between the interlocutors. While this opposition is the spindle around which Calvi constructs the main argument of her study, she also explores the close association of communicative acts and the spatial configurations in which they occur (often with tedious detail and at some expense to her primary focus).

The overview of Martín Gaite's literary generation and the trajectory of her early works, advanced in Chapter 1, are curiously unsatisfying. Too thin for the uninitiated, the chapter adds nothing to the stock of information already available to the specialist for whom the bock is primarily intended. Chapter 2 offers a methodological framework derived from narratology, linguistic structuralism and communication theory. Citing Benveniste, James, Genette, Bakhtin, Austin and Blanchot, among others, Calvi strives to lay a solid foundation for the categories to which she will return in subsequent chapters: the centrality and foundations of dialogue in narrative, the situational and relational transactions of dialogue, the importance of extralinguistic cues (gestural, kinesic and visual) and the spatio-temporal coordinates in which dialogic sequences are inscribed.

The lion's share of Calvi's book is given over to evaluating the position each of Martín Gaite's novels occupies vis à vis the framing polarities of spoken utterance. The primary modality of Entre visillos, for example (studied in Chapter 3), is «conversation» rather than «dialogue». The correlation of lieu to communication is convincingly foregrounded and buttressed by a typology of the spaces in which the characters move. Public spaces and group interactions are privileged, fostering a sociolect that is conventional and petty. Prevailing sexual and behavioral codes exacerbate a felt absence of communication which is expressly thematized by several characters.

In chapter 4, Calvi analyzes Ritmo lento as a paradigm of failed communication by means of a series of dialectic oppositions that restate the linkage of space and communication, e. g. inner/outer, open/closed, chaos/order, dialogue/conversation. The latter polarities are more nuanced than heretofore: «good» conversation is possible whereas dialogue can be egocentric, monologic and circular. Calvi draws briefly on G. Bachelard to round out a geometry of space symbolizing various gradations of communication that mark the protagonist's struggle to unravel the tangled skein of his thoughts.

For Calvi, Retahílas offers the most complete example of authentic dialogue in which the conscience of each interlocutor shapes itself in rapport with the other. Verbal and extraverbal cues signal the proximity and interdependence of the two speakers whereby telling, seeing and hearing are simultaneous stimuli of invention. The free-flowing «retahílas» exchanged by aunt and nephew, abetted by an exaggerated concentration of space and time, register the interplay of both voices as well as interior monologues that swell into open-ended confession. The «stories» the two relate are spatialized as a metaphoric «castle» of words, both the privileged locus of literature and a barrier against time, ruin and decay.

Calvi notes the re-emergence of «conversation» in Fragmentos de interior as well as an incipient portrayal of the writer as character which must await the publication of El cuarto de atrás to arrive at its fullest formulation. Despite the erotic overtones of El cuarto de atrás and evidence of the protagonist's interpersonal frustration, the novel stresses the problematic of communication as a metaphor of literature itself. The author as the real referent of the fictive «I» engages in direct dialogue with the dreamed-of interlocutor who is also the informed reader of her work. Because this mysterious visitor acts exclusively as «receiver» or «narratee», communication is one-sided and therefore theoretically flawed. Despite the interlocutor's failure to reciprocate with «stories» of his own, he nonetheless provides the feedback, questions and reactions that help shape the author's final product. Again, Calvi devotes considerable attention to the novel's spaces -real, evoked or invented- and to the ways in which their physical, symbolic and spiritual properties impinge on the manner and matter of communication.

Calvi's final chapter offers a synopsis of the integrating elements of a communication theory embedded in Martín Gaite's fiction. R. Jacobson's classic scheme is briefly highlighted, thereby adding his name to the impressive roster of scholars alluded to in Chapter 2. On balance, however, it is clear that the theoretical framework of this volume cannot be credited to these master theoreticians nor, indeed, to Calvi.

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Rather, it is constructed and sustained most effectively by Carmen Martín Gaite herself, beginning with the early essays of La búsqueda de interlocutor (1973) and reaching its most cogent and satisfying formulation in El cuento de nunca acabar (1983), a book which Calvi cites throughout her study and highlights in her final chapter as an indispensable guide.

A hybrid of essay and narrative, El cuento de nunca acabar continues the dialogue with the implied reader initiated by the author in El cuarto de atrás

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